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sábado, 21 de noviembre de 2015

Black widow: I loved you until you hated me (363 días después soy yo quien se despide).

No sé por dónde empezar.

Al principio te hablaba. Creía que aún vivías, en algún lugar, en algún metaverso o dimensión paralela y que si te hablaba, me oirías.
No me tomes por más loca de lo que estoy, te hablaba mentalmente, no de viva voz.
Te pedía que volvieras a tu ser. Que dejases de vagar por donde quiera que estuvieses y que volvieses. Que te echaba muchísimo de menos y que me habías dejado muy solita, que estaba siendo todo muy difícil sin ti.
Te hablaba del piquito de tu camisa, te preguntaba a quién le ibas a cantar La Canción De Las Alitas si no volvías.
De corazón creía que el cordón rojo, ese cordón umbilical que une a la gente destinada a encontrarse, podía estar tenso o enredado pero que si lo hacía de corazón, podrías sentirme tirando desde el otro lado y seguirías la fuerza que te estaba atrayendo. Que encontrarías el camino de vuelta a casa.
De verdad lo creía. Te contaba tantas cosas, te pedía con tanta fe y tanta intensidad que acabases con el cuerpo frío y vacío que habías dejado y volvieses a él, a mí, a nosotros. Aunque paradojicamente, nunca existió un nosotros.
Te aseguraba que nunca iba a dejar de quererte. Pero eso ya te lo dije siempre mientras aún estabas a mi lado, que a la persona que habías sido (que eras en aquella época), siempre, pasase lo que pasase, la querría.
Y he cumplido mi promesa. Sigo queriendo a esa persona, la quiero muchísimo. Pero he comprendido que se ha ido, que se ha alejado tanto que el cordón se ha roto y por mucho que yo le hable y dé tironcitos desesperados del cordón ya no siento tensión ninguna en el otro lado. Esa persona se ha perdido para siempre y sencillamente yo no soy casa para ella, no ahora... nunca lo fui.

Es hora de dejarte marchar, vida mía. No puedo seguir haciéndome esto, entiéndelo. No es que me haya rendido, ni mucho menos. Tan sólo he aceptado o me he resignado, llámalo como quieras.
Y ya lo único que me queda es escribirle a aquella personita tan tierna, tan inocente, tan dulce que un día fuiste y dedicarle unas últimas palabras.
Me hubiera muerto si hubiera seguido así. Y nunca iré ni aún menos llegaré a ninguna parte si sigo arrastrando tu fantasma conmigo. Estoy ya muy cansada, me duelen tanto los puños, los dedos de las manos de agarrarte, la espalda de cargarte, estoy siempre sin aliento...
Te prometo que lo seguiría haciendo otro año más si supiera que me sientes, que el cordón rojo aún late... haría lo que fuera, sabes que no me cuesta perdonar. Sabes que cuando digo te amo lo digo de todo corazón, que soy sensible, sentimental, frágil, que me cuesta olvidar, que soy muy burra y muy echá pa'lante para muchas cosas pero que por debajo del escudo de costillas, soy puro sentimiento, emoción, inquietud, preguntas y amor en todas sus formas, aunque a veces no lo exprese o intente por todos los medios ocultarlo (no contigo, tú eras la excepción de la regla).
Sabes que cuando me comprometo con alguien lo hago hasta mucho más allá del final, sabes que siempre he estado, incluso para los ingratos, los "traidores", los que son como la marea, que desaparecen de la playa meses o años y de pronto un día vuelven. Me lo reprochabas muchas veces. Pero sabes que soy así. Que cuando digo siempre estaré cuando me necesites aunque llevemos meses o años sin hablar, lo digo con sinceridad y lo he demostrado más de una y más de dos veces.
Tú eras Mi Gran Proyecto, el único que nunca di por perdido, el único que nunca abandoné, el único en el que siempre creí, el único que día a día me hacía más ilusión. Estaba contigo y por ti al doscientos por cien. Sabes que no hice ese tipo de promesas en vano a pesar de que otras que para mí eran menos importantes me las salté mil veces.
Pero en este tipo de cosas nunca miento ni he mentido. Y lo sabes, sé que lo sabes.

Sea como sea, ahora me tengo que marchar. No por cansancio ni instinto de supervivencia, no por desencanto ni hartazgo. Me tengo que marchar porque si me quedo aquí esperándote o resignándome a haberte perdido voy a ser la persona más triste y frustrada del mundo. No quiero eso para Ellos, tienes que entenderlo.

Voy a cortar mi trocito de cordón y voy a volar, sin rumbo, sin plan, simplemente dejaré que vuele el globo, que es lo que soy, un globo lleno de aire: de nada, de todo.
Que el aire me lleve a donde quiera.

No sé cómo despedirme. Sería muy politicamente correcto desearte lo mejor y elevarme sin rencores.
... Y muy típico, también.

De modo que simplemente te diré que hasta el día de hoy he cumplido mi promesa, he seguido queriendo a la personita que fuiste. Y sólo volveré a escribirte si algún día rompo mi promesa.

Adiós C******, voy a desplegar mis alitas y a volar.

lunes, 2 de noviembre de 2015

¿XPro? ¿Valencia? ¿1977? Un mundo sin filtros.

Tú que tienes imaginación, imagínate un mundo donde la convención social, lo politicamente correcto fuese hablar con sinceridad. Con una sinceridad brutal, de forma totalmente desinhibida.

Imagínate que los desconocidos pudieran decirte cualquier cosa por la calle, que les gusta tu peinado, que les encanta tu abrigo, que quisieran conocerte mejor, que te invitan a tomar una copa.

Si eso existiese, yo te buscaría. Y te pararía por la calle, te llevaría a tomar café. Te pediría que me dejases hablar, que no dijeses nada. Que te quitases las gafas para que yo pudiera verte mejor pero tú a mí no. Sin filtros, he dicho.

Me encantaría poder decirte que lo que de verdad me encanta eres tú.
Que eres lo primero en lo que pienso al despertarme y lo último que me viene a la mente antes de caer dormida.
Pienso en ti con cada cosa que hago, cada cosa que me cuentan, esto le gustaría, esto lo grabaría, de aquí sacaría una foto preciosa, de esta idea que tengo sacaría algo increíble.
Te busco en cada coche, detrás de cada par de gafas, en cada imagen, sobre cualquier sonrisa, atrapado en una garganta al azar, en un gesto delator.
Quisiera poder prestarte mis ojos y que te vieses con ellos pero eso sería añadir un primer filtro. Cómo lo hago para explicarte que me gustas hasta límites ridículos, incomprensibles, que encierras en ti tanto encanto que cuanto más te miro, más me calas en las entrañas.
Que adoro la forma en la que ladeas un poquito el labio inferior cuando sonríes, que me emboba cómo tus cejas se levantan y se fruncen un poquito cuando hablas. Que tienes una forma nerviosa de mover la cabeza que haría que te la cogiese entre las manos y te besase sin pensarlo para que te estuvieses quieto.
También te diría que tienes el perfil más sexy del mundo, los lunares más evocadores, que podría, te lo prometo, pasarme noches y días enteros contándolos, memorizando su localización su exacta, su forma y su color.
Y que no te cortes las uñas tan en redondo y tan por dentro de la carne (quiero tenerte por dentro de mi carne). Que sospecho que te las muerdes. No, no pruebes a morder el tapón de un boli, prefiero que me muerdas la yema de los dedos.
Ah, tampoco dejes nunca que ningún dentista te lime los colmillos, tienes los dientes del color, el tamaño, la forma, el embrujo perfecto.
Hablar de tu cuello, de tu piel, sería demasiado. Incómodo hasta para una utopía (o distopia, según se mire) como ésta mía.
Pero es que de verdad, me encantas. De verdad, te pienso todo el tiempo, todo el tiempo es cuando leo cualquier cosa, cuando escribo cualquier cosa, cuando miro una foto, la que sea; cuando leo un texto sin importar de qué tipo, cuando me ducho, cuando me estoy secando el pelo, cuando escucho la canción que suene, cuando sueño, cuando sonrío, cuando gimo, cuando me corro, cuando estás y cuando no estás.

Que eres mi obsesión más cuerda. Mi laberinto más familiar. Mi enigma más deseado.

Joder, que me encantas, así de sencillo, con tantas palabras y sin ningún filtro.