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sábado, 29 de agosto de 2015

The carrousel never stops.

Una vez alguien que significaba mucho para mí en aquel momento me dijo "el miedo es algo que nos paraliza y nos impide avanzar".
No entendí muy bien a qué se refería en ese contexto pero años después, sin saberlo, lo llevé a la práctica.
Algo muy importante para mí salió mal y me enfadé, me enfadé mucho. Estaba triste, rabiosa, enfadada, decepcionada. No sabía qué hacer, tenía tanta ira y tanta rabia en mi interior que me cansé de luchar, me cansé de dar la cara por todo aquello en lo que creía, me cansé de ir a contra corriente y de ser atacada sin cesar por gente que no apreciaba que pensase por mí misma.
Y me quedé quieta. Me quedé muy quieta porque tenía miedo de explotar. Tenía miedo de, la siguiente vez, pegar tal portazo que tirase abajo la pecera de cristal que hacía las veces de despacho. Tenía miedo de escupirlo todo por la boca como una loca y cerrarme aún más las puertas de mi futuro. Tenía miedo de que me fallase el autocontrol y hacer arder aquel puñetero campus hasta reducirlos, a él y a ellas, a cenizas.

No me podía mover. No sabía en qué pensar. Me nublaban la impotencia, la rabia, la tristeza, la frustración.
Me dejé llevar por el camino que otros me indicaron pero no salió bien.
Así que me quedé paralizada en un sitio, esperando que al no moverme nada se moviese tampoco a mi alrededor.
Esperé muy quieta un invierno, una primavera, un verano, un otoño. Cristalizada en el mismo sitio, andando de puntillas y respirando muy flojito para no perturbar al mundo que me rodeaba, no sea que al pestañear demasiado fuerte se desatase un huracán, no al otro lado del mundo, como predica el efecto mariposa, sino en mi propia vida, en mis mismas narices.
Pasaron otro invierno, otra primavera, otro verano, otro otoño. Siempre quieta. Siempre con la mente aletargada y los sentidos alerta. Siempre inmóvil, imperceptible, silenciosa, apagada.
Otros tantos cambios de estación. Pero las cosas comenzaron a girar a mi alrededor y me entró pánico, no sabía cómo parar el mundo. Yo sólo quería que todo siguiese quieto, estable, silencioso, rutinario. Pero el mundo giró 180º y no me gustaron los cambios. Los cambios me asustaban, la distancia me mataba, más cambios, más distancia, más miedo, más vértigo, más náuseas, la cabeza más pesada y aún así más vacía.
Aquí ya no me podía mover. El terror no me dejaba ser dueña de uno sólo de mis músculos.
Y lo perdí todo. Todo lo que creí que nunca perdería, todo lo que creía tener. Quizás por estar tan quieta para no despertar a nadie, mi estatua de sal en medio del salón no dejaba dormir a nadie.

Me quedé más quieta todavía. Ya no era sal, me hice mármol, gélido, pálido, duro. Mudo. Inamovible. Espectador pasivo e indiferente de las idas y las venidas de los seres vivos que gravitaban cerca de su órbita.
Pero incluso las estatuas de mármol tienen alma. Sufrimiento silente. Lágrimas heladas. Madíbulas y puños apretados. La estatua nunca dormía, nunca cerraba los ojos. La estatua sólo quería ser acariciada por una mano humana que tocase su alma y le devolviese su condición humana.
De modo que esperó, esperó y esperó en el mismo sitio, para que si algún humano la recordaba y deseaba volver a verla, supiera donde encontrarla.
Siempre he estado aquí. Todo lo contrario de lo que fui. De la fortaleza, la risa, la alegría, la ilusión, la inocencia, la calidez, el empuje, las ganas de comerme la vida a bocados.
Todo pensamientos silenciosos, noches blancas y días oscuros. Tan quieta siempre. Tan muerta.

Pero no importa.
No importa cuánto empeño ponga en no parpadear, en no hacer ruido cuando trago saliva y respiro hondo pero flojito. La tormenta siempre se desata sobre mi cabeza cuando menos lo espero.
La meteorología anuncia anticiclones y altas temperaturas que creo que fundirán el mármol y espero ese sol y ese calor como si me fuese la vida en ello. Porque me va.
Pero nunca llegan. Un tímido rayo de sol me engaña para sorprenderme, cuando estoy confiada, con una nueva tormenta de granizo, truenos, rayos.
Una tras otra, una tras otra, no me da tiempo a que se sequen la calcita y la dolomita.

Por muy muerta de miedo y quieta que esté, siempre estoy subida en un carrusel de película de terror, que en ocasiones me hace confiarme yendo más despacio para sorprenderme cuando menos lo preveo con un aumento de velocidad.
Puedo ser una estatua, quieta y muda, pero estoy subida al carrusel de la vida.

And the carrousel never stops.








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