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domingo, 8 de marzo de 2015

Tiempo para volver a escribir, no sé si eso es bueno o malo.

Pensé que esta época del año sería mejor. Pensé que empezaría a revivir, que lo peor ya habría pasado y comenzaría a resurgir.

Como siempre, me equivocaba.

A los problemas de salud, uno nuevo por semana, se suman los recuerdos.

Hace un año todo estaba roto ya. Esa carta escrita a mano fechada a finales de este mes no era una promesa, era una despedida. ¿Cómo no me di cuenta?

Te recuerdo con tus camisas azules. Y sonriendo.
Es raro, te recuerdo cómo eras antes. No recuerdo tanto a la persona del último año, te recuerdo con tus camisas azules, las deportivas también azul marino que solían gustarme menos que más. El fular de rayas azul clarito y blanco rodeándote el cuello. Y sonriendo.

Me pregunto cómo me recordarás tú a mí.
Quisiera que si algún día te vengo a la mente tú también me recordases a mí sonriendo.
No me gusta pensar lo lógico, que me recordarás rubia con el pelo corto, demacrada. O con el pelo negro muy corto, más demacrada aún. Siempre triste, siempre llorando.
¿Puedes, por favor, si algún día me recuerdas, recordarme con el pelo corto rubio del principio o el pelo largo oscuro, pero sonriendo? ¿Podrías, por favor, no recordarme llorando?
No sé si yo misma puedo recordarme riendo. Ni con el pelo largo.

Dicen que con el tiempo lo malo se borra y queda lo bueno. Ojalá sea así. No quiero que recuerdes el esqueleto llorón que quedó de mí. Por favor, por favor, por favor, no me recuerdes así.
Recuerda cuando cantábamos a pleno pulmón en el coche. Cuando hacía de dj malotilla o ponía cincuenta mil acentos extranjeros para hacerte reír. No entiendo por qué te hacían tanta gracia mis acentos. Aunque bueno, a mí me encantaban las cancioncitas que me componías. Sobre todo la de las alitas. O cuando me imitabas el día de nuestra boda.

¿Puedes recordar cuando me reía todo el tiempo? ¿Puedes recordar a aquella chica? ¿Podrás algún día? ¿Podré algún día ser esa mujer?

Antes de ayer me vi pasar por delante de un espejo y me llamaron la atención mis piernas. Hacía tiempo que no me miraba en un espejo. No me miro, me veo. Me veo con ropa, la ropa abulta.
Y procuro verme lo menos posible. No me gusta la imagen que el espejo me devuelve, prefiero fingir que no soy lo que soy ahora. Si no me veo es más fácil hacer como que estoy bien, a veces hasta yo misma me lo creo un poco.
Si me veo en el espejo, se viene todo abajo.


La ansiedad me está consumiendo, literalmente. Está en el aire. El aire de marzo.

Si tan sólo por un momento pudiera dejar de tener los músculos tan tensos, de apretar tan fuerte los dientes que me los rompo. Si pudiera dejar de tener ese bocado afilado mordiéndome el estómago. El nudo en la garganta quemada.
Si por un momento pudiera relajarme, soltarme. Apoyarme contra tu pecho, enroscada a tu brazo izquierdo, mordiendo un piquito de tu camisa. Concentrándome en los latidos de tu corazón, en tu respiración, en tu olor a Spicebomb.
Eras mi ansiolítico natural, siempre te lo decía.
Aparecías sonriendo y me dejabas recostarme contra ti y la migraña se aliviaba, la ansiedad cedía.

Si por un momento, una última vez, sonara el timbre y al abrir la puerta estuvieses tú con tu camisa azul de turno, tu chaqueta de cuero de Belstaff o Tommy y tus deportivas azules. Y sonriendo. Por favor, siempre sonriendo, Vida.




No dejes nunca de sonreír.

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