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miércoles, 18 de marzo de 2015

"Cándida", dijo él. Yo más bien diría "imbécil de solemnidad y sin posibilidad de arreglo".

Me dispongo a embarcarme en la milésima aventura de recuperación, superación personal y de los acontecimientos adversos de los últimos años.
Y lo hago con ganas en la misma medida que con miedo.

Las preguntas de siempre, las respuestas de siempre.
Lo entiendo, entiendo que son preguntas que hay que hacer pero se me da muy mal contestarlas, volcar información sobre mí es una de las cosas que más odio y peor se me dan en la vida.
De ahí mi mote desde muchos años atrás, Herme, de Hermética.

Pero a Herme le falló el envasado al vacío. Y no se lo perdona.

Aquí sé que nos perderemos por equis tiempo, ya sé lo que me tienen que decir, yo misma lo he dicho muchas veces.
Y sé que toda la culpa no es mía. Pero tengo culpa. Mucha. Independientemente de cómo se haya comportado la otra persona.

Tengo culpa porque no sé qué tuve en la cabeza estos últimos seis años. ¿Es que no aprendí nada de experiencias pasadas? ¿Es que no tenía ya claro como el agua que la gente no me conoce pero me utiliza mientras le sirvo y luego desaparece sin más? ¿ES QUE NO SABÍA YO YA TODO ESTO?

Pero entonces llega El Príncipe Encantado, tan guapo él, con sus ojos tan azules, su pelo tan rubio, su cuerpo tan de gimnasio, a lomos de su blanco corcel Serie 1 recién sacado del concesionario y me ablanda.
Que si tú eres muy buena, eso que tenías no eran amigos, ese tío es un hache de pe y no te merecía, esto que tienes siguen sin ser amigos, no se preocupan por ti, sólo te usan, tú te mereces algo mejor, tú te mereces estar rodeada de gente buena porque eres demasiado buena, tú te mereces ser feliz, yo te voy a hacer feliz...
Y yo babeando y dando palmas con las orejas: lo amo, lo amo, ¡es él! Casemonos ya, mañana.

Pero vamos a ver, tonta' l pijo, ¿¿¿es que el resto de veces que alguien te usó y te dejó o te falló llegó diciéndote que iba a hacer contigo lo que quisiera y luego puerta???
¿¿¿Quién, quién te juró y te garantizó que él iba a ser diferente??? NADIE.
Entonces, puedes, por el amor del Señor, explicarme ¿POR QUÉ CARAJO TE FIASTE DE ÉL? ¿POR QUÉ DEJASTE A HERME EN EL OLVIDO Y TE ABRISTE POR LA MITAD COMO EL LIBRO GORDO DE PETETE?

Confiabas en él, ya. Ya lo sé. Algo pasó, algo hizo, algo dijo... que te hizo bajar la guardia.

Y se convirtió en nuestro todo: nuestros ojos, nuestros pulmones, nuestros pies y nuestras manos. Nuestro corazón.
El hermano que nunca tuvimos.
El amigo especial.
El partner in crime.
El confidente.
El ansiolítico natural.
El amante.
El amado.
El novio.
El pedacito de nosotras mismas que llevábamos media vida buscando.

Y aquí estamos ahora, ciegas pero sin bastón. Nuestro bastón ha desaparecido. Y un ciego sin su bastón no es nada. Chocamos contra todo, no sabemos dónde estamos, no medimos las distancias, nos golpeamos contra objetos y personas y nos salen moretones y al final del día, doloridos y desalentados, lloramos hasta que nos dormimos -si dormimos- y cuando suena el despertador lloramos de nuevo porque no queremos salir a la calle.
La calle es impredecible, grande, no se puede conocer la ciudad palmo a palmo. Y deseamos quedarnos escondidos en la oscuridad de la casa que sí conocemos centímetro a centímetro, en la cual sabemos dónde se ubica cada cosa, cuántos pasos hay del salón al baño y a qué altura está la taza del café.

Así que sí, tengo la culpa. Sabiendo lo que sabía, que they will use and abuse you, aún fui tan temeraria y tan estúpida de querer y confiar ciegamente en una persona que no era ni mi Madre ni mi Padre.

Ahora mismo hay en el mundo una persona que lo sabe todo de mí. Seguramente sea, junto con mis progenitores, la única persona que lo sabe todo de mí.
Sabe cómo soy, qué voy a decir, qué estoy pensando, lo que me hace reír, lo que me hace feliz, lo que me hace llorar, en qué pienso justo antes de dormirme, sabe qué hago cuando duermo, en qué postura lo hago, sabe cuánto tardo en ducharme, sabe a qué corresponde cada cicatriz, sabe con qué sueño y qué sucede en mis pesadillas. Sabe lo que significa cada una de mis miradas, sabe lo que quiero cuando estoy enferma. Sabe qué zapatos me gustarían, qué camisa me horrorizaría, sabe cuáles son mis perfumes preferidos de hombre. Sabe lo que siempre llevo en el bolso. El código de desbloqueo de mi móvil. Mis contraseñas. Mis temores. La pizza que más me gusta. Conoce lo que soñaba que sería mi vida con todo lujo de detalles. Conoce mis debilidades. Sabe cómo hacerme reír... y cómo hacerme llorar.
Lo sabe todo de mí. Claro, por eso se fue.

Pero me revuelve por dentro, de miedo y de infinita tristeza, que haya alguien ahí fuera, en este mundo, a quien tanto amé y en quien confíe como no confiaba en mí misma... y a quien no volveré a ver nunca más.
Alguien con la capacidad de destruirme... o de reconstruirme. A quien nunca más volveré a mirar a los ojos. Ni a oler. Ni a abrazar. Ni a morder un piquito de su camisa ni a agarrarme de su dedito meñique cuando conduce.

Una parte de mí misma anda por ahí suelta, por el mundo. Y nunca más volveré a juntarme con ella. Nunca más volveré a estar completa.

Y es por mi culpa.


domingo, 8 de marzo de 2015

Tiempo para volver a escribir, no sé si eso es bueno o malo.

Pensé que esta época del año sería mejor. Pensé que empezaría a revivir, que lo peor ya habría pasado y comenzaría a resurgir.

Como siempre, me equivocaba.

A los problemas de salud, uno nuevo por semana, se suman los recuerdos.

Hace un año todo estaba roto ya. Esa carta escrita a mano fechada a finales de este mes no era una promesa, era una despedida. ¿Cómo no me di cuenta?

Te recuerdo con tus camisas azules. Y sonriendo.
Es raro, te recuerdo cómo eras antes. No recuerdo tanto a la persona del último año, te recuerdo con tus camisas azules, las deportivas también azul marino que solían gustarme menos que más. El fular de rayas azul clarito y blanco rodeándote el cuello. Y sonriendo.

Me pregunto cómo me recordarás tú a mí.
Quisiera que si algún día te vengo a la mente tú también me recordases a mí sonriendo.
No me gusta pensar lo lógico, que me recordarás rubia con el pelo corto, demacrada. O con el pelo negro muy corto, más demacrada aún. Siempre triste, siempre llorando.
¿Puedes, por favor, si algún día me recuerdas, recordarme con el pelo corto rubio del principio o el pelo largo oscuro, pero sonriendo? ¿Podrías, por favor, no recordarme llorando?
No sé si yo misma puedo recordarme riendo. Ni con el pelo largo.

Dicen que con el tiempo lo malo se borra y queda lo bueno. Ojalá sea así. No quiero que recuerdes el esqueleto llorón que quedó de mí. Por favor, por favor, por favor, no me recuerdes así.
Recuerda cuando cantábamos a pleno pulmón en el coche. Cuando hacía de dj malotilla o ponía cincuenta mil acentos extranjeros para hacerte reír. No entiendo por qué te hacían tanta gracia mis acentos. Aunque bueno, a mí me encantaban las cancioncitas que me componías. Sobre todo la de las alitas. O cuando me imitabas el día de nuestra boda.

¿Puedes recordar cuando me reía todo el tiempo? ¿Puedes recordar a aquella chica? ¿Podrás algún día? ¿Podré algún día ser esa mujer?

Antes de ayer me vi pasar por delante de un espejo y me llamaron la atención mis piernas. Hacía tiempo que no me miraba en un espejo. No me miro, me veo. Me veo con ropa, la ropa abulta.
Y procuro verme lo menos posible. No me gusta la imagen que el espejo me devuelve, prefiero fingir que no soy lo que soy ahora. Si no me veo es más fácil hacer como que estoy bien, a veces hasta yo misma me lo creo un poco.
Si me veo en el espejo, se viene todo abajo.


La ansiedad me está consumiendo, literalmente. Está en el aire. El aire de marzo.

Si tan sólo por un momento pudiera dejar de tener los músculos tan tensos, de apretar tan fuerte los dientes que me los rompo. Si pudiera dejar de tener ese bocado afilado mordiéndome el estómago. El nudo en la garganta quemada.
Si por un momento pudiera relajarme, soltarme. Apoyarme contra tu pecho, enroscada a tu brazo izquierdo, mordiendo un piquito de tu camisa. Concentrándome en los latidos de tu corazón, en tu respiración, en tu olor a Spicebomb.
Eras mi ansiolítico natural, siempre te lo decía.
Aparecías sonriendo y me dejabas recostarme contra ti y la migraña se aliviaba, la ansiedad cedía.

Si por un momento, una última vez, sonara el timbre y al abrir la puerta estuvieses tú con tu camisa azul de turno, tu chaqueta de cuero de Belstaff o Tommy y tus deportivas azules. Y sonriendo. Por favor, siempre sonriendo, Vida.




No dejes nunca de sonreír.

sábado, 7 de marzo de 2015

I don't wanna play that role, I don't wanna be the broken hearted girl.

Tengo la impresión de llevar mucho tiempo viviendo para vengarme.
Y ¿qué es lo que he hecho en todos estos años para vengarme? ESPERAR.
Valiente tontería, nadie se venga de nadie esperando.

No es que quisiera vengarme a lo bruto en plan Kill Bill, simplemente esperaba que fuese cierto aquello de que la vida pone a cada uno en su lugar.

El problema del dicho siéntate a la puerta de tu casa y verás el cadáver de tu enemigo pasar es que éste puede tardar décadas en pasar y quizás tú ni te enteres de que ha pasado.
El cadáver de mi último enemigo ha tardado cuatro años en pasar y tampoco ha sido su cadáver, a decir verdad, simplemente lo visto pasar por mi calle atado a los pies de unos caballos viejos, arrastrado por ellos.
No me parece que su sitio fuese prácticamente un paseo a caballo, se merecían algo mucho peor.

Otro cadáver tardó seis años exactos en dar, irónicamente, señales de vida. Y tampoco se puede decir que estuviese demasiado muerto.
Y ya me dirás tú a mí de qué me sirve tener noticias de qué tal o cual persona vive frustrada respecto a ciertos aspectos de su vida al cabo de seis años. Hola, ni me acordaba de que existías, viejo enemigo.

En fin, que vivo much too full of resentment y esas no son formas de vivir. Y desde luego esperando no voy a obtener venganza ninguna. Ni se puede vivir exclusivamente por venganza.

Supongo que en un momento dado cualquier motivo es bueno para mantenerse con vida pero esa fase ha de pasar, hay que encontrar un buen motivo basado en otros sentimientos más nobles para vivir.

O no. ¿Adónde me han llevado a mí los sentimientos nobles? A ser herida, decepcionada, a sufrir.

Y hete aquí que entonces no sé por qué o como tengo que sobrevivir. Hacerlo por odio o por venganza no reporta nada bueno, hacerlo por amor tampoco. Entonces, ¿qué queda?

No lo sé, tendré que descubrirlo.