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sábado, 21 de noviembre de 2015

Black widow: I loved you until you hated me (363 días después soy yo quien se despide).

No sé por dónde empezar.

Al principio te hablaba. Creía que aún vivías, en algún lugar, en algún metaverso o dimensión paralela y que si te hablaba, me oirías.
No me tomes por más loca de lo que estoy, te hablaba mentalmente, no de viva voz.
Te pedía que volvieras a tu ser. Que dejases de vagar por donde quiera que estuvieses y que volvieses. Que te echaba muchísimo de menos y que me habías dejado muy solita, que estaba siendo todo muy difícil sin ti.
Te hablaba del piquito de tu camisa, te preguntaba a quién le ibas a cantar La Canción De Las Alitas si no volvías.
De corazón creía que el cordón rojo, ese cordón umbilical que une a la gente destinada a encontrarse, podía estar tenso o enredado pero que si lo hacía de corazón, podrías sentirme tirando desde el otro lado y seguirías la fuerza que te estaba atrayendo. Que encontrarías el camino de vuelta a casa.
De verdad lo creía. Te contaba tantas cosas, te pedía con tanta fe y tanta intensidad que acabases con el cuerpo frío y vacío que habías dejado y volvieses a él, a mí, a nosotros. Aunque paradojicamente, nunca existió un nosotros.
Te aseguraba que nunca iba a dejar de quererte. Pero eso ya te lo dije siempre mientras aún estabas a mi lado, que a la persona que habías sido (que eras en aquella época), siempre, pasase lo que pasase, la querría.
Y he cumplido mi promesa. Sigo queriendo a esa persona, la quiero muchísimo. Pero he comprendido que se ha ido, que se ha alejado tanto que el cordón se ha roto y por mucho que yo le hable y dé tironcitos desesperados del cordón ya no siento tensión ninguna en el otro lado. Esa persona se ha perdido para siempre y sencillamente yo no soy casa para ella, no ahora... nunca lo fui.

Es hora de dejarte marchar, vida mía. No puedo seguir haciéndome esto, entiéndelo. No es que me haya rendido, ni mucho menos. Tan sólo he aceptado o me he resignado, llámalo como quieras.
Y ya lo único que me queda es escribirle a aquella personita tan tierna, tan inocente, tan dulce que un día fuiste y dedicarle unas últimas palabras.
Me hubiera muerto si hubiera seguido así. Y nunca iré ni aún menos llegaré a ninguna parte si sigo arrastrando tu fantasma conmigo. Estoy ya muy cansada, me duelen tanto los puños, los dedos de las manos de agarrarte, la espalda de cargarte, estoy siempre sin aliento...
Te prometo que lo seguiría haciendo otro año más si supiera que me sientes, que el cordón rojo aún late... haría lo que fuera, sabes que no me cuesta perdonar. Sabes que cuando digo te amo lo digo de todo corazón, que soy sensible, sentimental, frágil, que me cuesta olvidar, que soy muy burra y muy echá pa'lante para muchas cosas pero que por debajo del escudo de costillas, soy puro sentimiento, emoción, inquietud, preguntas y amor en todas sus formas, aunque a veces no lo exprese o intente por todos los medios ocultarlo (no contigo, tú eras la excepción de la regla).
Sabes que cuando me comprometo con alguien lo hago hasta mucho más allá del final, sabes que siempre he estado, incluso para los ingratos, los "traidores", los que son como la marea, que desaparecen de la playa meses o años y de pronto un día vuelven. Me lo reprochabas muchas veces. Pero sabes que soy así. Que cuando digo siempre estaré cuando me necesites aunque llevemos meses o años sin hablar, lo digo con sinceridad y lo he demostrado más de una y más de dos veces.
Tú eras Mi Gran Proyecto, el único que nunca di por perdido, el único que nunca abandoné, el único en el que siempre creí, el único que día a día me hacía más ilusión. Estaba contigo y por ti al doscientos por cien. Sabes que no hice ese tipo de promesas en vano a pesar de que otras que para mí eran menos importantes me las salté mil veces.
Pero en este tipo de cosas nunca miento ni he mentido. Y lo sabes, sé que lo sabes.

Sea como sea, ahora me tengo que marchar. No por cansancio ni instinto de supervivencia, no por desencanto ni hartazgo. Me tengo que marchar porque si me quedo aquí esperándote o resignándome a haberte perdido voy a ser la persona más triste y frustrada del mundo. No quiero eso para Ellos, tienes que entenderlo.

Voy a cortar mi trocito de cordón y voy a volar, sin rumbo, sin plan, simplemente dejaré que vuele el globo, que es lo que soy, un globo lleno de aire: de nada, de todo.
Que el aire me lleve a donde quiera.

No sé cómo despedirme. Sería muy politicamente correcto desearte lo mejor y elevarme sin rencores.
... Y muy típico, también.

De modo que simplemente te diré que hasta el día de hoy he cumplido mi promesa, he seguido queriendo a la personita que fuiste. Y sólo volveré a escribirte si algún día rompo mi promesa.

Adiós C******, voy a desplegar mis alitas y a volar.

lunes, 2 de noviembre de 2015

¿XPro? ¿Valencia? ¿1977? Un mundo sin filtros.

Tú que tienes imaginación, imagínate un mundo donde la convención social, lo politicamente correcto fuese hablar con sinceridad. Con una sinceridad brutal, de forma totalmente desinhibida.

Imagínate que los desconocidos pudieran decirte cualquier cosa por la calle, que les gusta tu peinado, que les encanta tu abrigo, que quisieran conocerte mejor, que te invitan a tomar una copa.

Si eso existiese, yo te buscaría. Y te pararía por la calle, te llevaría a tomar café. Te pediría que me dejases hablar, que no dijeses nada. Que te quitases las gafas para que yo pudiera verte mejor pero tú a mí no. Sin filtros, he dicho.

Me encantaría poder decirte que lo que de verdad me encanta eres tú.
Que eres lo primero en lo que pienso al despertarme y lo último que me viene a la mente antes de caer dormida.
Pienso en ti con cada cosa que hago, cada cosa que me cuentan, esto le gustaría, esto lo grabaría, de aquí sacaría una foto preciosa, de esta idea que tengo sacaría algo increíble.
Te busco en cada coche, detrás de cada par de gafas, en cada imagen, sobre cualquier sonrisa, atrapado en una garganta al azar, en un gesto delator.
Quisiera poder prestarte mis ojos y que te vieses con ellos pero eso sería añadir un primer filtro. Cómo lo hago para explicarte que me gustas hasta límites ridículos, incomprensibles, que encierras en ti tanto encanto que cuanto más te miro, más me calas en las entrañas.
Que adoro la forma en la que ladeas un poquito el labio inferior cuando sonríes, que me emboba cómo tus cejas se levantan y se fruncen un poquito cuando hablas. Que tienes una forma nerviosa de mover la cabeza que haría que te la cogiese entre las manos y te besase sin pensarlo para que te estuvieses quieto.
También te diría que tienes el perfil más sexy del mundo, los lunares más evocadores, que podría, te lo prometo, pasarme noches y días enteros contándolos, memorizando su localización su exacta, su forma y su color.
Y que no te cortes las uñas tan en redondo y tan por dentro de la carne (quiero tenerte por dentro de mi carne). Que sospecho que te las muerdes. No, no pruebes a morder el tapón de un boli, prefiero que me muerdas la yema de los dedos.
Ah, tampoco dejes nunca que ningún dentista te lime los colmillos, tienes los dientes del color, el tamaño, la forma, el embrujo perfecto.
Hablar de tu cuello, de tu piel, sería demasiado. Incómodo hasta para una utopía (o distopia, según se mire) como ésta mía.
Pero es que de verdad, me encantas. De verdad, te pienso todo el tiempo, todo el tiempo es cuando leo cualquier cosa, cuando escribo cualquier cosa, cuando miro una foto, la que sea; cuando leo un texto sin importar de qué tipo, cuando me ducho, cuando me estoy secando el pelo, cuando escucho la canción que suene, cuando sueño, cuando sonrío, cuando gimo, cuando me corro, cuando estás y cuando no estás.

Que eres mi obsesión más cuerda. Mi laberinto más familiar. Mi enigma más deseado.

Joder, que me encantas, así de sencillo, con tantas palabras y sin ningún filtro.

jueves, 8 de octubre de 2015

Otro año de supervivencia. Uno más o uno menos.

Septiembre: en shock. El agua de mar no cura todas las heridas.

Octubre: nunca más sonará el timbre a las 20h y serás tú.

Noviembre: hola otra vez, Rayito De Esperanza.

Diciembre: este es El Fin.

Enero: aprendiendo a vivir sin ti.

Febrero: ¿quién es la desconocida esquelética y ojerosa que me mira desde el otro lado del espejo?

Marzo: Recuerdos. El Piquito De Tu Camisa.

Abril: ya falta poco para el verano. En verano todo irá mejor.

Mayo: vértigo. Trying to figure my own self out.

Junio: yo te esperaré / nos sentaremos juntos frente al mar / y de tu mano podré caminar / y aunque se pase toda mi vida / yo te esperaré.
Gracias a Dios que están Ellos.

Julio: perdiendo el norte. Esa vieja conocida.

Agosto: ¿dónde estoy?

Septiembre: por favor, él también no.

Octubre: Los Musos Llevan Gafas.
Siempre supe que existía pero no necesitaba ver su cara. ¿Cuánto más?


Se dice y se escribe pronto. Vivirlo ha sido todo un reto, largo, lento, pesado. Agotador.

sábado, 29 de agosto de 2015

The carrousel never stops.

Una vez alguien que significaba mucho para mí en aquel momento me dijo "el miedo es algo que nos paraliza y nos impide avanzar".
No entendí muy bien a qué se refería en ese contexto pero años después, sin saberlo, lo llevé a la práctica.
Algo muy importante para mí salió mal y me enfadé, me enfadé mucho. Estaba triste, rabiosa, enfadada, decepcionada. No sabía qué hacer, tenía tanta ira y tanta rabia en mi interior que me cansé de luchar, me cansé de dar la cara por todo aquello en lo que creía, me cansé de ir a contra corriente y de ser atacada sin cesar por gente que no apreciaba que pensase por mí misma.
Y me quedé quieta. Me quedé muy quieta porque tenía miedo de explotar. Tenía miedo de, la siguiente vez, pegar tal portazo que tirase abajo la pecera de cristal que hacía las veces de despacho. Tenía miedo de escupirlo todo por la boca como una loca y cerrarme aún más las puertas de mi futuro. Tenía miedo de que me fallase el autocontrol y hacer arder aquel puñetero campus hasta reducirlos, a él y a ellas, a cenizas.

No me podía mover. No sabía en qué pensar. Me nublaban la impotencia, la rabia, la tristeza, la frustración.
Me dejé llevar por el camino que otros me indicaron pero no salió bien.
Así que me quedé paralizada en un sitio, esperando que al no moverme nada se moviese tampoco a mi alrededor.
Esperé muy quieta un invierno, una primavera, un verano, un otoño. Cristalizada en el mismo sitio, andando de puntillas y respirando muy flojito para no perturbar al mundo que me rodeaba, no sea que al pestañear demasiado fuerte se desatase un huracán, no al otro lado del mundo, como predica el efecto mariposa, sino en mi propia vida, en mis mismas narices.
Pasaron otro invierno, otra primavera, otro verano, otro otoño. Siempre quieta. Siempre con la mente aletargada y los sentidos alerta. Siempre inmóvil, imperceptible, silenciosa, apagada.
Otros tantos cambios de estación. Pero las cosas comenzaron a girar a mi alrededor y me entró pánico, no sabía cómo parar el mundo. Yo sólo quería que todo siguiese quieto, estable, silencioso, rutinario. Pero el mundo giró 180º y no me gustaron los cambios. Los cambios me asustaban, la distancia me mataba, más cambios, más distancia, más miedo, más vértigo, más náuseas, la cabeza más pesada y aún así más vacía.
Aquí ya no me podía mover. El terror no me dejaba ser dueña de uno sólo de mis músculos.
Y lo perdí todo. Todo lo que creí que nunca perdería, todo lo que creía tener. Quizás por estar tan quieta para no despertar a nadie, mi estatua de sal en medio del salón no dejaba dormir a nadie.

Me quedé más quieta todavía. Ya no era sal, me hice mármol, gélido, pálido, duro. Mudo. Inamovible. Espectador pasivo e indiferente de las idas y las venidas de los seres vivos que gravitaban cerca de su órbita.
Pero incluso las estatuas de mármol tienen alma. Sufrimiento silente. Lágrimas heladas. Madíbulas y puños apretados. La estatua nunca dormía, nunca cerraba los ojos. La estatua sólo quería ser acariciada por una mano humana que tocase su alma y le devolviese su condición humana.
De modo que esperó, esperó y esperó en el mismo sitio, para que si algún humano la recordaba y deseaba volver a verla, supiera donde encontrarla.
Siempre he estado aquí. Todo lo contrario de lo que fui. De la fortaleza, la risa, la alegría, la ilusión, la inocencia, la calidez, el empuje, las ganas de comerme la vida a bocados.
Todo pensamientos silenciosos, noches blancas y días oscuros. Tan quieta siempre. Tan muerta.

Pero no importa.
No importa cuánto empeño ponga en no parpadear, en no hacer ruido cuando trago saliva y respiro hondo pero flojito. La tormenta siempre se desata sobre mi cabeza cuando menos lo espero.
La meteorología anuncia anticiclones y altas temperaturas que creo que fundirán el mármol y espero ese sol y ese calor como si me fuese la vida en ello. Porque me va.
Pero nunca llegan. Un tímido rayo de sol me engaña para sorprenderme, cuando estoy confiada, con una nueva tormenta de granizo, truenos, rayos.
Una tras otra, una tras otra, no me da tiempo a que se sequen la calcita y la dolomita.

Por muy muerta de miedo y quieta que esté, siempre estoy subida en un carrusel de película de terror, que en ocasiones me hace confiarme yendo más despacio para sorprenderme cuando menos lo preveo con un aumento de velocidad.
Puedo ser una estatua, quieta y muda, pero estoy subida al carrusel de la vida.

And the carrousel never stops.








miércoles, 8 de abril de 2015

Yo me lo he saltado todo y como siempre, he ido a parar directamente a la parte mala. GRACIAS, meu "amor".

Quizás algún día me ría de esto.
Quizás en el momento en el que le vea la carita por primera vez a mi (primer) bebé me ría de todo esto.
O quizás me quede así para siempre y nunca pueda tener hijos.
Y la culpa la habré tenido yo la primera, pero con mucha ayuda. Ya sabes, "entre todos la mataron y ella sola se murió".

No lo sé, ahora mismo no tengo ni idea. El tiempo nos lo dirá, supongo.

Mientras tanto voy a dejar que pase esta noche y me voy a ir a dormir, a ver si mañana amanezco con las ideas más claras. Porque lo que es esta noche te odio con toda mi alma.

miércoles, 18 de marzo de 2015

"Cándida", dijo él. Yo más bien diría "imbécil de solemnidad y sin posibilidad de arreglo".

Me dispongo a embarcarme en la milésima aventura de recuperación, superación personal y de los acontecimientos adversos de los últimos años.
Y lo hago con ganas en la misma medida que con miedo.

Las preguntas de siempre, las respuestas de siempre.
Lo entiendo, entiendo que son preguntas que hay que hacer pero se me da muy mal contestarlas, volcar información sobre mí es una de las cosas que más odio y peor se me dan en la vida.
De ahí mi mote desde muchos años atrás, Herme, de Hermética.

Pero a Herme le falló el envasado al vacío. Y no se lo perdona.

Aquí sé que nos perderemos por equis tiempo, ya sé lo que me tienen que decir, yo misma lo he dicho muchas veces.
Y sé que toda la culpa no es mía. Pero tengo culpa. Mucha. Independientemente de cómo se haya comportado la otra persona.

Tengo culpa porque no sé qué tuve en la cabeza estos últimos seis años. ¿Es que no aprendí nada de experiencias pasadas? ¿Es que no tenía ya claro como el agua que la gente no me conoce pero me utiliza mientras le sirvo y luego desaparece sin más? ¿ES QUE NO SABÍA YO YA TODO ESTO?

Pero entonces llega El Príncipe Encantado, tan guapo él, con sus ojos tan azules, su pelo tan rubio, su cuerpo tan de gimnasio, a lomos de su blanco corcel Serie 1 recién sacado del concesionario y me ablanda.
Que si tú eres muy buena, eso que tenías no eran amigos, ese tío es un hache de pe y no te merecía, esto que tienes siguen sin ser amigos, no se preocupan por ti, sólo te usan, tú te mereces algo mejor, tú te mereces estar rodeada de gente buena porque eres demasiado buena, tú te mereces ser feliz, yo te voy a hacer feliz...
Y yo babeando y dando palmas con las orejas: lo amo, lo amo, ¡es él! Casemonos ya, mañana.

Pero vamos a ver, tonta' l pijo, ¿¿¿es que el resto de veces que alguien te usó y te dejó o te falló llegó diciéndote que iba a hacer contigo lo que quisiera y luego puerta???
¿¿¿Quién, quién te juró y te garantizó que él iba a ser diferente??? NADIE.
Entonces, puedes, por el amor del Señor, explicarme ¿POR QUÉ CARAJO TE FIASTE DE ÉL? ¿POR QUÉ DEJASTE A HERME EN EL OLVIDO Y TE ABRISTE POR LA MITAD COMO EL LIBRO GORDO DE PETETE?

Confiabas en él, ya. Ya lo sé. Algo pasó, algo hizo, algo dijo... que te hizo bajar la guardia.

Y se convirtió en nuestro todo: nuestros ojos, nuestros pulmones, nuestros pies y nuestras manos. Nuestro corazón.
El hermano que nunca tuvimos.
El amigo especial.
El partner in crime.
El confidente.
El ansiolítico natural.
El amante.
El amado.
El novio.
El pedacito de nosotras mismas que llevábamos media vida buscando.

Y aquí estamos ahora, ciegas pero sin bastón. Nuestro bastón ha desaparecido. Y un ciego sin su bastón no es nada. Chocamos contra todo, no sabemos dónde estamos, no medimos las distancias, nos golpeamos contra objetos y personas y nos salen moretones y al final del día, doloridos y desalentados, lloramos hasta que nos dormimos -si dormimos- y cuando suena el despertador lloramos de nuevo porque no queremos salir a la calle.
La calle es impredecible, grande, no se puede conocer la ciudad palmo a palmo. Y deseamos quedarnos escondidos en la oscuridad de la casa que sí conocemos centímetro a centímetro, en la cual sabemos dónde se ubica cada cosa, cuántos pasos hay del salón al baño y a qué altura está la taza del café.

Así que sí, tengo la culpa. Sabiendo lo que sabía, que they will use and abuse you, aún fui tan temeraria y tan estúpida de querer y confiar ciegamente en una persona que no era ni mi Madre ni mi Padre.

Ahora mismo hay en el mundo una persona que lo sabe todo de mí. Seguramente sea, junto con mis progenitores, la única persona que lo sabe todo de mí.
Sabe cómo soy, qué voy a decir, qué estoy pensando, lo que me hace reír, lo que me hace feliz, lo que me hace llorar, en qué pienso justo antes de dormirme, sabe qué hago cuando duermo, en qué postura lo hago, sabe cuánto tardo en ducharme, sabe a qué corresponde cada cicatriz, sabe con qué sueño y qué sucede en mis pesadillas. Sabe lo que significa cada una de mis miradas, sabe lo que quiero cuando estoy enferma. Sabe qué zapatos me gustarían, qué camisa me horrorizaría, sabe cuáles son mis perfumes preferidos de hombre. Sabe lo que siempre llevo en el bolso. El código de desbloqueo de mi móvil. Mis contraseñas. Mis temores. La pizza que más me gusta. Conoce lo que soñaba que sería mi vida con todo lujo de detalles. Conoce mis debilidades. Sabe cómo hacerme reír... y cómo hacerme llorar.
Lo sabe todo de mí. Claro, por eso se fue.

Pero me revuelve por dentro, de miedo y de infinita tristeza, que haya alguien ahí fuera, en este mundo, a quien tanto amé y en quien confíe como no confiaba en mí misma... y a quien no volveré a ver nunca más.
Alguien con la capacidad de destruirme... o de reconstruirme. A quien nunca más volveré a mirar a los ojos. Ni a oler. Ni a abrazar. Ni a morder un piquito de su camisa ni a agarrarme de su dedito meñique cuando conduce.

Una parte de mí misma anda por ahí suelta, por el mundo. Y nunca más volveré a juntarme con ella. Nunca más volveré a estar completa.

Y es por mi culpa.


domingo, 8 de marzo de 2015

Tiempo para volver a escribir, no sé si eso es bueno o malo.

Pensé que esta época del año sería mejor. Pensé que empezaría a revivir, que lo peor ya habría pasado y comenzaría a resurgir.

Como siempre, me equivocaba.

A los problemas de salud, uno nuevo por semana, se suman los recuerdos.

Hace un año todo estaba roto ya. Esa carta escrita a mano fechada a finales de este mes no era una promesa, era una despedida. ¿Cómo no me di cuenta?

Te recuerdo con tus camisas azules. Y sonriendo.
Es raro, te recuerdo cómo eras antes. No recuerdo tanto a la persona del último año, te recuerdo con tus camisas azules, las deportivas también azul marino que solían gustarme menos que más. El fular de rayas azul clarito y blanco rodeándote el cuello. Y sonriendo.

Me pregunto cómo me recordarás tú a mí.
Quisiera que si algún día te vengo a la mente tú también me recordases a mí sonriendo.
No me gusta pensar lo lógico, que me recordarás rubia con el pelo corto, demacrada. O con el pelo negro muy corto, más demacrada aún. Siempre triste, siempre llorando.
¿Puedes, por favor, si algún día me recuerdas, recordarme con el pelo corto rubio del principio o el pelo largo oscuro, pero sonriendo? ¿Podrías, por favor, no recordarme llorando?
No sé si yo misma puedo recordarme riendo. Ni con el pelo largo.

Dicen que con el tiempo lo malo se borra y queda lo bueno. Ojalá sea así. No quiero que recuerdes el esqueleto llorón que quedó de mí. Por favor, por favor, por favor, no me recuerdes así.
Recuerda cuando cantábamos a pleno pulmón en el coche. Cuando hacía de dj malotilla o ponía cincuenta mil acentos extranjeros para hacerte reír. No entiendo por qué te hacían tanta gracia mis acentos. Aunque bueno, a mí me encantaban las cancioncitas que me componías. Sobre todo la de las alitas. O cuando me imitabas el día de nuestra boda.

¿Puedes recordar cuando me reía todo el tiempo? ¿Puedes recordar a aquella chica? ¿Podrás algún día? ¿Podré algún día ser esa mujer?

Antes de ayer me vi pasar por delante de un espejo y me llamaron la atención mis piernas. Hacía tiempo que no me miraba en un espejo. No me miro, me veo. Me veo con ropa, la ropa abulta.
Y procuro verme lo menos posible. No me gusta la imagen que el espejo me devuelve, prefiero fingir que no soy lo que soy ahora. Si no me veo es más fácil hacer como que estoy bien, a veces hasta yo misma me lo creo un poco.
Si me veo en el espejo, se viene todo abajo.


La ansiedad me está consumiendo, literalmente. Está en el aire. El aire de marzo.

Si tan sólo por un momento pudiera dejar de tener los músculos tan tensos, de apretar tan fuerte los dientes que me los rompo. Si pudiera dejar de tener ese bocado afilado mordiéndome el estómago. El nudo en la garganta quemada.
Si por un momento pudiera relajarme, soltarme. Apoyarme contra tu pecho, enroscada a tu brazo izquierdo, mordiendo un piquito de tu camisa. Concentrándome en los latidos de tu corazón, en tu respiración, en tu olor a Spicebomb.
Eras mi ansiolítico natural, siempre te lo decía.
Aparecías sonriendo y me dejabas recostarme contra ti y la migraña se aliviaba, la ansiedad cedía.

Si por un momento, una última vez, sonara el timbre y al abrir la puerta estuvieses tú con tu camisa azul de turno, tu chaqueta de cuero de Belstaff o Tommy y tus deportivas azules. Y sonriendo. Por favor, siempre sonriendo, Vida.




No dejes nunca de sonreír.

sábado, 7 de marzo de 2015

I don't wanna play that role, I don't wanna be the broken hearted girl.

Tengo la impresión de llevar mucho tiempo viviendo para vengarme.
Y ¿qué es lo que he hecho en todos estos años para vengarme? ESPERAR.
Valiente tontería, nadie se venga de nadie esperando.

No es que quisiera vengarme a lo bruto en plan Kill Bill, simplemente esperaba que fuese cierto aquello de que la vida pone a cada uno en su lugar.

El problema del dicho siéntate a la puerta de tu casa y verás el cadáver de tu enemigo pasar es que éste puede tardar décadas en pasar y quizás tú ni te enteres de que ha pasado.
El cadáver de mi último enemigo ha tardado cuatro años en pasar y tampoco ha sido su cadáver, a decir verdad, simplemente lo visto pasar por mi calle atado a los pies de unos caballos viejos, arrastrado por ellos.
No me parece que su sitio fuese prácticamente un paseo a caballo, se merecían algo mucho peor.

Otro cadáver tardó seis años exactos en dar, irónicamente, señales de vida. Y tampoco se puede decir que estuviese demasiado muerto.
Y ya me dirás tú a mí de qué me sirve tener noticias de qué tal o cual persona vive frustrada respecto a ciertos aspectos de su vida al cabo de seis años. Hola, ni me acordaba de que existías, viejo enemigo.

En fin, que vivo much too full of resentment y esas no son formas de vivir. Y desde luego esperando no voy a obtener venganza ninguna. Ni se puede vivir exclusivamente por venganza.

Supongo que en un momento dado cualquier motivo es bueno para mantenerse con vida pero esa fase ha de pasar, hay que encontrar un buen motivo basado en otros sentimientos más nobles para vivir.

O no. ¿Adónde me han llevado a mí los sentimientos nobles? A ser herida, decepcionada, a sufrir.

Y hete aquí que entonces no sé por qué o como tengo que sobrevivir. Hacerlo por odio o por venganza no reporta nada bueno, hacerlo por amor tampoco. Entonces, ¿qué queda?

No lo sé, tendré que descubrirlo.