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jueves, 27 de diciembre de 2012

¿Y si es tan sólo amor?

Duele.
Cuando me rozas la piel, me duele. Y eso no es buena señal.
Cuando tú me tocas, cada yema de tus dedos traza un camino de fuego sobre mi piel.
Me prendes desde fuera una llama que explosiona en el interior. Algo me duele en el pecho, algo que se desliza hasta mis órganos propinándoles bocados de diverso tipo y tamaño, pequeños mordisqueos afilados, grandes bocados desgarradores.
Entonces pierdo el conocimiento, la parte racional de mi cerebro se desconecta y no puedo pensar, esa implosión me devora por dentro.
No puedo hablarte, mi cabeza no es capaz de conectar la parte del habla, no puedo tejer dos pensamientos seguidos, no puedo pensar. Tú sólo me dejas sentir.
Todas esas cosas que no puedo decirte, que no me siento con derecho a decirte, empiezan a golpearme, a quemarme y a morderme también las entrañas. Y me duele, me estruja, me agota, me desespera.
Y mientras tú sigues con tu juego, como siempre has hecho. Contigo siempre he tenido que jugar aunque no haya querido.
Todo sigue igual, tú eliges el cómo, el cuándo, el dónde y a qué. Pero este juego es mucho menos inofensivo que los de antaño. Ahora no está en juego romper un jarrón o la figurita de un cervatillo. Nos jugamos mi vida. Yo, con toda mi poca cabeza y mi tendencia inata a complicarme la vida, decidí que apostarme la vida en una partida de cartas no era tan mala idea. Pensé que podría rehacerla, como tantas veces la he rehecho en el pasado.
No pensé, no calibré bien las consecuencias. A decir verdad yo nunca pensé que pudiera ganar. Jamás se me pasó por la imaginación contemplar esta posibilidad, al fin y al cabo estoy acostumbrada a ser yo quien pierde siempre.
Tal vez por eso lo dejé correr, porque soy autodestructiva, porque pensaba que me merecía volver a pasar por esto. Y ahora que las cosas se me van de las manos me doy cuenta de que se ha dado la situación que menos esperaba de todas. Y aún así eres tú quien me tiene entre sus manos. Qué ironía, ¿no crees?

Tus manos. Juntar la palma de la mía con la tuya, rozar las yemas de tus dedos con las mías me parece mucho más íntimo que cualquier otra actividad de cama.
Recuerdo juntar mi mano estirada contra la tuya y quedarme mirándolas, juntas, la tuya más grande, más recia. Y pensar cuántos cuerpos habías tocado antes, cuántas manos habrías sujetado antes de la mía. Recuerdo intentar grabar la imagen de nuestras manos juntas a fuego en mi mente.
Siempre trato de recordarlo todo. Me empeño obsesivamente en analizar cada célula de tu cuerpo. Porque quiero, cuando no estás, poder rehacerte entero en mi mente.
Quiero poder sentir el tacto de tu piel en mis manos, quiero poder ver su color, ligeramente amarillo, sentir su temperatura.
Quiero poder dibujarte sin mirar la localización exacta de tus lunares en ningún mapa, quiero poder ver nitidamente tus ojos cuando cierro los míos, quiero poder olerte aún cuando la punta de mi nariz no esté rozando tu cuello, quiero tener tu sabor en la boca.
Deseo desesperadamente poder recrearte milímetro a milímetro, no quiero que nadie pueda moldearte en su imaginación mejor que yo.

Pero tú no sabes en lo que estoy pensando, sospecho que no tienes ni la más remota idea de cuánto me duele cada vez que deslizas tus manos por mi cuerpo, cómo vas calentándome la sangre por dentro a la vez que me tocas, la llevas a ebullición y entonces, cuando toda yo soy burbujeo a alta temperatura, mordiscos en las vísceras, llamas, fiebre y miedo, entonces ya no puedo mirarte a los ojos.
Mirar a alguien a los ojos en esas circunstancias es también mucho más íntimo que cualquier otra cosa. No puedes disfrazar tu mirada, no puedes cubrirla con el velo de la indiferencia, del control, de la nada. Tu mirada habla por ti, tu mirada te delata y yo no quiero que la mía te diga nada. No quiero que puedas leerme por dentro, no quiero que veas el desastre que has causado, que has llevado un volcán a su erupción más brutal. Cuando miras a alguien a los ojos así y en ese momento, le estás diciendo a esa persona que la amas. Aunque sea por un momento, por una fracción de segundo, esa implosión de sentimientos es tan sólo amor.

No, no me pidas que te hable. No me pidas que te mire a los ojos. No me pidas que reaccione porque no puedo. Déjame sentir. Porque tenemos todo el tiempo del mundo para mirarnos y para hablarnos. Pero para sentirte... para sentirte a mí siempre me acaba faltando tiempo.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Dios escribe recto con renglones torcidos / Deus ex maquina.

Paradojicamente nunca he estado más cerca de Dios que en aquella época, en aquél lugar que es donde menos espera uno ver la mano de Dios.

Y en cambio fue cuando más claramente lo vi, cuando más segura estuve de su existencia.

Todo esto es para decirte que cuando menos lo esperes será cuando Dios se te muestre.

Allí, en aquél ambiente frío, aséptico, en aquellos vastos pasillos, todos vestidos de blanco, de gris, de azul y de verde, alumbrados por la luz artificial de los neones, de los cuadros para ver radiografías e imágenes para diagnóstico, brillaba mucho más fuerte otra luz: la del amor.

De ella lo aprendí. De su bondad, de su infinita paciencia, de su empatía con los pacientes.
De todos ellos, en realidad. Eran personal del hospital pero más importante todavía: personas en un hospital, luchando por quienes más lo necesitaban.

Allí estaba Dios: en las familias al pie de la cama del enfermo, día y noche. Llevándoles cuanto necesitasen para sentirse lo más cerca de casa posible: unos les llevaban a sus familiares sus sábanas de casa, su batín, sus zapatillas. Otros su cenicero preferido, el ambientador que usaban en casa. Quizás unas fotos, un libro. Algo, lo que sea que fuese importante para el paciente. Comida de casa. Dulces típicos del pueblo.

Y allí estaba Dios también, en nosotros. En mi compañera enfermera, nunca impasible ante el dolor, siempre cercana al paciente, siempre preocupada por él, con tanta empatía, tanto cariño, tantas ganas de aliviarlo.
En mi otro compañero, enfermero, que se negaba a dar por perdido a un paciente aunque estuviera moribundo y se afanaba en seguir tratándolo y medicándolo hasta que se muera es mi paciente y es mi deber ocuparme de él, no por el hecho de saber que no pasará de esta noche voy a dejar de luchar por él.
En mis compañeros auxiliares, celadores, que siempre tenían una sonrisa para ellos, una broma, un chiste, una palabra de consuelo, un gesto triste cuando alguno de ellos empeoraba.
Y supongo que en mí también. En lo mucho que me desesperaba ver el sufrimiento humano, incapaz de pensar en nada, por importante que fuese, cuando entraba por la puerta y me vestía de blanco: no existía nada más allá de la recepción, mi mundo, mi universo entero, era aquél hospital. Y sólo era capaz de pensar en lo que allí ocurría, no tenía cabeza para el peor de los exámenes, no sentía la más violenta de las jaquecas, ni el hambre por no haber tenido tiempo para comer antes de entrar, ni el dolor de piernas al cabo del turno, nada.

Por primera vez en mi vida me sentía en casa, en lugar en el que siempre, desde que tengo memoria, quise estar. En el lugar en el que me crié, entre gente vestida de blanco, material estéril, medicamentos, olor a desinfectante, a limpio.
Por primera vez me sentía útil. Estaba donde había que estar, a pie de cama. Ora medicando o haciendo una cura, ora cogiendo de la mano al paciente asustado que tiene miedo de la cirugía.

No podría nunca explicar el amor profundo y sincero que sentí por cada una de aquellas personas, de quienes a día de hoy aún lo recuerdo todo. No pocas veces me pregunto que habrá sido de ellos, cómo estarán.

Allí, en nuestro pequeño mundo, estaba Dios en cada rincón.
Dándonos la fuerza necesaria para no derrumbarnos cuando las cosas se ponían feas.
Dándonos mil ojos y mil manos para estar a todo y no dejar pasar el más mínimo detalle que esos turnos en los que todo parece estar patas arriba y haría falta un ejército blanco para mantener el orden.
Poniendo en nuestros labios una sonrisa, una palabra para quienes lo necesitaban.
Dios nos otorgaba siempre un minuto para hablar con quien precisaba de ser escuchado, por mal que estuviese el turno siempre podíamos pasar cinco minutos sosteniendo la mano de un paciente.

Ahí está Dios. En cada sonrisa nacida del fondo del corazón.
En cada abrazo, en cada apretón de manos.
En cada palabra, nunca vacía, siempre cargada de significado.
En cada lágrima, a escondidas en el baño del personal, cuando se nos había ido alguien a quien apreciábamos y que había luchado estoicamente contra una monstruosa enfermedad.

Recuerdo la primera vez que un paciente me dijo gracias. Me quedé atónita, no entendía por qué me daba las gracias él a mí si yo no había hecho nada.
La primera vez que un paciente me preguntó si podía darle la mano. Si podía darme un abrazo.
Esas cosas significan un mundo.
Sus parientes están enfermos, les faltan horas al día para trabajar, llevar la casa e ir a verlos pero aún así siempre tenían un detalle con nosotros: tomad, os he hecho un bizcocho para la hora del café; mirad, os he traído estos pasteles que hacen debajo de mi casa que están buenísimos; una carta de agradecimiento, una planta, a veces un dibujo.
¿Qué ganas tendría aquella mujer de ponerse a hacer un bizcocho al llegar a casa a las tantas, con su marido tan enfermo y pensando que a las seis de la mañana sonaba el despertador para ir a trabajar y aún le quedaba una lavadora por tender y los baños por hacer?
¿Qué ánimos tendría aquella otra de traernos pasteles cuando no sabía qué iba a pasar con su marido, cómo saldría de aquél hospital?
Y aún así ellos nos traían bombones, nos hacían dulces, nos daban las gracias, nos sonreían. Incluso nos preguntaban a nosotras (¡ellos a nosotras!) si alguna vez teníamos mala cara.

El vínculo que se establece entre los cuidadores y el paciente es una de las mayores muestras de la existencia de Dios: no hay vínculo consanguíneo y aún así ese paciente pasa a ser como tu padre o tu abuelo y su familia como tu propia familia.
Ellos preguntan por ti en tu día libre y tú preguntas por ellos si hablas con quien te está cubriendo el turno.
Cuidas de esa gente no ya con la eficacia que se espera de un trabajador, sino con el cariño y el mimo de la madre que cuida de su hijo enfermo.

Y en todas las cosas que no puedo ni debo contar es donde más vi la luz de Dios: en las cosas que ocurrían sin motivo ni razón ni explicación científica.
En la despedida de A., cuando contra toda explicación racional abrió los ojos, me abrazó, me acarició la cara y me dio las gracias justo antes de dormirse para siempre.
En la marcha de M., que desencadenó, pese al sol que hacía, una tormenta con aparato eléctrico en cuestión de segundos.
En la tarde con S., en sus lágrimas y su mirada llena de luz y esperanza, en la inmensa gratitud de los ojos y las manos de su madre.
En la mañana con M., en su abrazo fuerte y cálido, en sus palabras que nunca olvidaré, eres una gran xxx y por encima de eso eres una buena persona, ojala mi hija fuese como tú. ¿Cómo te quedas cuando un paciente te dice eso?
También en las historias de la paciente de la 017, en su olor preferido a lavanda, en su forma de cogerme la mano muy fuerte y mirarme fijamente a los ojos cuando la enfermera le hacía algo desagradable.
En la señora de la 008, tan enferma pero tan resignada, con tanta dignidad, tanta entereza, en la dulzura con la que sujetaba mis manos entre las suyas y recorría mi cara con ellas pues al ser invidente no tenía otro modo de hacerse una idea de cómo era quien la manoseaba, con sumo cariño pero palpándola al fin y al cabo, unos guantes de látex y una voz sin rostro.

En todos ellos, que tanto me dieron y tanto me enseñaron, encontré a Dios.
Entre toda esa misera, esa sordidez a veces, entre la muerte, el dolor y el sufrimiento, Dios nos daba un respiro: las curaciones, las risas, el amor inmenso que recibíamos, la inmerecida gratitud, los abrazos, los besos sinceros, los elogios sin duda exagerados.
A través de mis pacientes y de sus familiares, a través de algunos médicos y algunos enfermeros, auxiliares y celadores... encontré a Dios en su máximo exponente, en toda su magnificencia, en toda su bondad, todo su esplendor.
En aquél hospital Dios parecía querer hacerme ver que no era tan arbitrario como en ocasiones puede parecer, que sabe perfectamente lo que hace, que nos coloca a todos en un sitio u otro por una razón muy concreta y que de ello algo debemos de aprender. Que no se lleva a quienes llama a su lado por capricho, sino en ocasiones, como premio.

Yo pienso que si uno cree en Dios ha de creer también en el Diablo. Es lo justo. No se puede creer en el blanco si no se cree en el negro pues son las dos caras de una misma moneda. Creer en lo uno conlleva creer en lo otro, es lo lógico. No se puede creer en el día si no se cree en la noche pues el día es la consecuencia natural de la noche, es su antagonista.
Personalmente creo en él porque mucho antes de ver a Dios lo vi a él. De modo que sé que existe, estoy tan segura de ello como de que hay noche y hay día.
No todo lo malo que ocurre en el mundo hay que atribuírselo a Dios. Hay cosas tras las cuales no está su mano sino la del Diablo.
En el hambre, la enfermedad, la locura, la maldad, el miedo... hay está oculto el Demonio, no Dios.
Dios es quien te lleva a su lado cuando ya nada se puede hacer por tu cuerpo, cuando el otro ha ganado la batalla que se desarrollaba en él y no hay solución posible.
Dios es quien lucha contigo con todas sus fuerzas para que el otro no gane y superes esa enfermedad. Y cuando no habéis podido con ella, él te lleva a su lado poniendo fin a tu sufrimiento y al de quienes te aman.

Es injusto atribuirle todo el mérito a él, de lo bueno y de lo malo.

También vi al Diablo en el hospital, por supuesto que sí. En el miedo a la muerte, en los dolores, en la desesperación. Pero aún así primó Dios por medio de la mano del hombre, Deus ex maquina, en forma de amor, de apoyo, de medicinas al alcance de quien las necesita, de todo ese equipo humano y profesional maravilloso que me enseñó lo que era esa profesión más allá de los fármacos y las técnicas: la empatía, el cariño, el cuidado, la lucha incansable.

Es ella, temporalmente, la conciencia para el inconsciente; el apego a la vida para el suicida, la pierna para el amputado; los ojos para quien acaba de perder la vista; un medio de locomoción para el recién nacido; el conocimiento y la confianza para la joven madre; la voz de los que están demasiado débiles para hablar o se niegan a hacerlo y así sucesivamente.
Virginia Henderson, enfermera.

Nosotros seremos, en definitiva, la mano de Dios en la tierra.

Orgullo de profesión: Amante del ser vivo y de la vida, instrumento de Dios.




Aunque nunca lo leeréis, todavía tengo pendiente ir a veros y daros las GRACIAS por hacerme recuperar la fe en el ser humano, por todas las valiosas lecciones que con tiempo, paciencia y cariño me transmitisteis para que yo pudiera algún día llegar a ser, si no tan grande como vosotros, al menos la mitad.
Nunca, nunca, nunca os olvidaré. GRACIAS POR TODO, sois sin duda alguna, LOS MEJORES, A., F., JC., M., J., AP., S.


Señor, dame la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar;
Valor para cambiar las cosas que puedo y sabiduría para conocer la diferencia.




Recuerda que Dios jamás te dará una carga superior a la que puedas soportar, sea lo que sea lo que ahora esté sucediendo o suceda en tu vida, por duro que sea, si te está ocurriendo es porque Dios sabe que podrás superarlo y que algo aprenderás de ello.


martes, 4 de diciembre de 2012

I hereby promise you.

Toma mi mano. Te prometo no retirarla.
Puedes apretarla tan fuerte como necesites.
No puedo pedirte aún que confíes en mí pero sí puedo rogarte que tengas fe.
Por eso camina conmigo. Te prometo enseñarte el camino.
Te prometo iluminarlo cuando la oscuridad no te deje ver.
Te prometo hacer el camino contigo.
Te prometo no dejar que tropieces, ayudarte a levantarte si te caes, curarte las heridas si te lastimas.
Te prometo darte calor si tienes frío, darte de beber si tienes sed.
Te prometo dejar que te recuestes sobre mí cuando te canses. Tirar de ti cuando sientas que no tienes fuerzas para continuar.
Te prometo que no te dejaré, que ahí estaré cuando sientas que nadie más está. Que podrás apretar mi mano y mirar a tu lado y sabrás que estoy contigo, que no me he ido.
Te prometo que creeré en ti cuando tú no puedas hacerlo.
Te prometo darte todas las razones que te faltan para recuperar la ilusión que tanto daño te hizo una vez.
Te prometo ser paciente, comprensiva. Te prometo penetrar en tu interior, no quedarme en la superficie. No emitir juicios de valor a la ligera. Te prometo, en suma y a la postre, intentar conocerte tanto como me sea posible, te prometo que trataré de llegar tan adentro como me dejes, sin invadirte, sin avasallarte, sin violarte. Avanzando sólo cuando tú quieras abrirte a mí y llegando tan lejos como tú me permitas.
Te prometo retirarme cuando no me necesites y dejarte terminar el camino sin mí si eso es lo que deseas. Sólo estaré a tu lado mientras tú quieras que esté. Te prometo no imponerte mi presencia.

Pero a cambio has de prometerme tú algo: que no perderás la fe. No en mí, sino en ti. Que creerás firmemente que te mereces todo lo bueno que te pase.
Que te mereces que te quieran.
Que eres mucho mejor de lo que piensas.
Prométeme que te dejarás querer, que te dejarás cuidar.
Prométeme también que no te rendirás, que no renunciarás a ser lo que una vez fuiste, que no seguirás empeñándote en dar de ti una imagen que no se corresponde con tu interior. Que cuando sientas que puedes hacerlo, bajarás la guardia.
Prométeme que te darás una oportunidad.
Prométeme que intentarás cada día, por difíciles que se pongan las cosas, por mucho que te duela, por mucho que te cueste... ser feliz.
Prométeme que volverás a ser la persona que una vez conocí.

Porque si lo haces, yo te prometo a cambio quererte y no hacerte nunca daño alguno.

Todo eso yo, te lo prometo.

Coge mi mano, camina conmigo.

sábado, 1 de diciembre de 2012

No fue 'una historia de amor como otra cualquiera'.

Cuando uno mejor escribe es cuando tiene insomnio.
En ese estado entre el sueño y la vigilia, ese estado como de borrachera sin alcohol, de aturdimiento mental, al menos a mí me sobreviene una multitud de pensamientos extrañamente clarividentes: a veces cuando más claras veo las cosas es cuando más turbia estoy yo.

La otra noche no podía dormir y tuve una idea buenísima para un post. Pensé debo levantarme y escribirlo ya o lo olvidaré pero era muy tarde y al día siguiente había mucho que hacer, de modo que opté por tratar de conciliar el sueño. En algún momento lo conseguí y la idea se esfumó de mi mente como un fantasma que desaparece con la luz del día.

Ahora, obviamente, me arrepiento de no haber salido de la cama y haberme puesto a escribir. No hay forma ni modo de que recuerde qué era lo que había estado pensando.

Sin embargo sí puedo recordar la conversación que esa misma noche me vino a la mente.

P.: Cuéntame cómo eras tú antes de todo eso. Descríbeme a la chica que eras, la vida que llevabas.

A.: Tenía dieciocho años. Era muy joven y lo sabía, era perfectamente consciente de que aún no era una adulta y lejos de ser algo que me molestase, me reconfortaba.
Pensaba que tenía toda la vida por delante. Que quería hacer algo importante. Deseché la Medicina en favor del Derecho y pensaba que algún día sería fiscal o jueza. Que limpiaría el mundo de escoria. Que sería como la hija de esa amiga de mi madre, V., que era jueza a quien una banda de narcos habían matado porque no dejó de investigar sobre ellos. Un mes después mataron a su hijo de dieciocho años también. Quería ser como ella, no amedrantarme ante nada.
Mi madre me dijo no hace poco que aquella fue una época feliz para ella: siempre estabas de buen humor, siempre te estabas riendo. Pensabas que podías con todo. Llevabas una vida normal. Siempre había amigos tuyos en casa, siempre te estabas riendo como una loca con ellos. La casa llena de gente joven, de carcajadas. Esa fue la época más feliz para mí.
Sí, llevaba una vida normal. Me daba tiempo a todo: a ir a la universidad, a quedar con mi noviete, con mis amigas, a salir por la noche, a estudiar..
Los viernes quedaba en el centro con mi mejor amiga para comer e ir de tiendas. Cada noche era especial y había que ir magníficas, de modo que recorríamos las tiendas en busca de las indumentarias ideales para esas noches. Que igualmente íbamos hechas un cuadro, pero bueno.
Luego veníamos a casa y seguíamos y seguíamos hablando, siempre teníamos mil cosas de las que hablar. Entrada la tarde comenzábamos a prepararnos entre risas, música, llamadas de teléfono. Nos cambiábamos de ropa cien veces, nos costaba muchísimo arreglarnos porque no podíamos dejar de reír.
Después salíamos y comenzaban los líos. Noches cortísimas de bailes, de confidencias, de pifias... y sobre todo de risas, de muchísimas risas.
Llegábamos a casa bien entrada la mañana y allí nos esperaba mi madre. Desayunábamos con ella mientras le contábamos las hazañas de la noche, siempre riendo, no dejando nunca de reír.
Después de asaltar la nevera y poner a mi madre al corriente de los hechos nos duchábamos y acostábamos.
Amanecíamos para comer, no me perdería un guiso de tu madre por nada en el mundo, amor, me decía. 
Al terminar de comer repasábamos lo sucedido la noche anterior e íbamos planeando la de ese día.
El Domingo se iba a su casa después de comer. Y el lunes vuelta la vida normal, siempre con la música de fondo, siempre conectadas por el móvil, no pasábamos un sólo día sin hablar.
Siempre riendo.


P.: ¿Eras feliz?


A.: Sí, lo era. Mucho. Sentía que lo tenía todo: al chico que había querido desde hacía años y sobre todo a ellos: mis padres y mis mejores amigas.
No me sentía sola en aquella época. Me sentía protegida, sentía que pasara lo que pasase los tenía a ellos y por eso valía la pena sonreír.
Ningún problema era importante, pensaba que podía con todo. Con el peor examen, con la mayor lagarta de ex de mi novio que no lo dejaba en paz... pensé que podía hasta con él.


P.: ¿Cómo empezó todo?


A.: No lo recuerdo con claridad. Hasta donde me alcanza la memoria recuerdo que me llamó una tarde por teléfono (no recuerdo de dónde lo sacó) para que cenase con él. Al decirle que no comenzamos a discutir.
¡No discuto con mi novio y tengo que hacerlo contigo que no te conozco!, recuerdo que le dije.
Al final creo recordar que le colgué y pensé que no volvería a saber de él pero no fue así. Siguió escribiéndome y llamándome.


P.: ¿Qué pensabas tú de él en aquél momento?



A.: Que era un friki. Un tipo muy raro. No sólo no me gustaba sino que me caía mal. No me daba buena espina.


P.: Pero aún así, en algún momento, terminaste por cenar con él...


A.: Sí. Mi novio me había hecho algo que no me había gustado y él me pilló por banda, creo que fue por Messenger, en aquella época era lo que se llevaba. No sé quién propuso quedar, el caso es que una hora más tarde lo estaba esperando para tomar algo. 


P.: ¿Algo fue distinto ese día? ¿Dejaste en ese momento de verlo como un peligro?


A.: Supongo que sí. Probablemente porque estaba enfadada con mi novio, estuve más receptiva con él. Me hizo reír. Me parecía un reverendo imbécil pero me hacía reír. Me hizo gracia.


P.: Te parecía un imbécil ¿y eso te hacía gracia?


A.: Sí. Te explico: parecía estar por encima del bien y del mal, parecía estar en posesión de la verdad absoluta. Se vendía muy bien: como si realmente pensase que era la pera la limonera y valía la pena conocerlo. Aquello me hacía gracia, nunca había conocido a nadie tan poco agraciado a la par que seguro de sí mismo en mi vida.


P.: ¿Y eso te hizo gracia? El tipo es feo y raro como él sólo pero tiene labia y es graciosillo, ¿no? Esas eran sus armas. Sí, como recurso no está mal, hay que reconocérselo.


A.: No, nada mal.


P.: Vale. A ver si te sigo. Te cabreas con tu novio, éste aprovecha la coyuntura y quedáis y el tío te hace gracia porque aunque es un friki se cree lo más, ¿es eso, no? Vale, ¿qué pasó después?


A.: Llegó la época de los exámenes. Me pilló en vísperas de un examen de Economía que me llevaba por la calle de la amargura. Se lo conté y me ofreció quedar y ayudarme con el examen. Estudiábamos la misma carrera sólo que él estaba dos cursos por encima de mí así que me pareció buena idea quedar con él y que arrojase un poco de luz sobre mi cacao mental.
El caso es que nuevamente me hizo reír mucho. Lo pasé bien. El tío parecía listo. Peor, parecía inteligente. Y graciosete.


P.: Y entonces empezaste a quedar más con él.


A.: Sí. Se me fue de las manos. No sé cómo ocurrió pero de pronto yo ya no estaba con mi novio, era verano, mi novio me había mandado a freír espárragos y yo quedaba a diario con él. No sé cómo sucedió, simplemente fue así.


P.: Vale, ¿entonces no empezaste a salir con él aún, no? ¿Cuándo empezasteis ya de novios?


A.: Esto también tiene su gracia. Me fui de vacaciones a la playa. Un día, sin más ni más, un amigo de mi ex se enteró de que habíamos cortado y sin previo aviso se plantó en la playa a ver si caía la breva.
Al llegar a casa él me llamó, siempre me llamaba por la noche.


P.: Espera.. un tío que no es tu novio ¿te llama cada noche?


A.: Y cada mañana. Y cada rato.


P.: Vale...


A.: El caso es que le dije que lo del amigo éste de mi ex y se puso como un loco, que de qué iba ese tío, que yo también había que ver, quedar con él (¡yo no había quedado con él, el tipo se plantó donde yo estaba por sopresa!) y total, que al día siguiente a las cuatro de la tarde lo tenía a él también en la playa.


P.: Así sin más, se cabrea por lo del otro chico, coge y se va él también. Olé.


A.: Así mismo. Total, que llegó hecho un basilisco. Yo no entendía muy bien nada pero bueno. Es decir, podía entender que el otro chico le estuviese pisando lo fregao, hablando en plata, pero ¿qué culpa tenía yo? ¿Por qué se cabreaba conmigo?
En fin, que desde las cuatro de la tarde a las once de la noche tuvimos bronca. Estábamos en un chiringuito en la playa, mi mejor amiga, su novio -bastante mayor que nosotros y policia- él y yo.
Él me llevaba y me traía por la orilla del mar mientras seguía con su interminable cabreo. Estaba muy, muy alterado, cada vez más.
Desde el chiringuito el novio me amiga me hizo señas para que fuese y fui. Eso desató más aún su ira y se armó un cisco como no había visto en mi vida.
Les pedí a mi amiga y su novio que se marcharan y él me dijo que de ninguna manera, que no me dejaba allí sola con el energúmeno. Me dijo algo que jamás olvidaré: si nos vamos te va a pegar. Este tío es muy capaz de pegarte, ¿no lo ves? Se controla porque estás con gente pero si nos vamos de un mal golpe te puedes matar en esas rocas. No me voy, no te dejo sola con este tío. Y es más, procura no volver a verlo más. Es peligroso. Es mi trabajo, sé lo que te digo. Este tío es peligroso y yo no te dejo sola con él.


P.: ¿Qué pensaste tú en ese momento de esas palabras?


A.: Que exageraba. Que simplemente el tío estaba un poco atacao de los nervios porque sentía que le pisaban el suelo que llevaba meses fregando y por eso estaba un poco histérico. Pero que no sería capaz de hacerme nada malo.


P.: Sígueme contando.


A.: No recuerdo cómo acabó aquella noche, recuerdo los días siguientes. Fueron bonitos. No hicimos nada del otro mundo pero íbamos aquí y allá a ver cosas y tal.
Una noche, no sé de qué hablábamos ni por qué, le dije que yo no me volvería a enamorar. Que mi ex me lo había hecho pasar mal y que no quería volver a enamorarme. Pollo al canto otra vez.


P.: ¿Cuánto hacía que tu ex te había dejado?


A.: Un mes.


P.: Claro, un mes después tú ya debías de tener plena disposición para volver a enamorarte... en fin.


A.: Exacto. Me preguntó qué pasaba con él entonces y le dije que era muy pronto todavía, que quería disfrutar del verano y pasármelo bien con mis amigas de la playa -a las que no veía en todo el año- y que al volver a la ciudad veríamos. Le sentó fatal y se volvió a liar. Algo volvía a no parecerme normal en todo aquello: tanto discutir, tanto nerviosismo, tan poca paciencia.. Pero claro, él se había plantado allí a marcar el territorio y no podía no quedar con él, por fuerza tenía que hacerlo. Por fuerza y porque, cuando quería, era genial. Me hacía reír, me descubría sitios nuevos, música nueva, siempre tenía algo que contar, algo de lo que hablar. Y me miraba como si me estuviese viendo. No me veía, me miraba. Ver y mirar no son sinónimos, son dos cosas muy distintas.


P.: A todo esto... ¿habíais llegado a la cama ya?


A.: No, ni mucho menos. 


P.: Por el tema del Opus y tal, ¿no?


A.: Sí, pero no tardó mucho en llegar.


P.: Sigue.


A.: Volvimos a la ciudad. Sus padres estaban fuera de vacaciones así que muchas tardes me llevaba allí a ver una peli o a cenar por allí cerca. 


P.: Y entonces, pasó.


A.: Sí. Sin venir mucho a cuento.


En este punto P. me pidió que le contase cómo había sido pero obviamente no voy a contar eso aquí.


P.: ¿Sientes que utilizó el sexo para engancharte?


A.: Sí. Después de aquello era como mi obligación salir con él. Por aquél momento él ya me importaba lo suficiente como para no querer hacerle daño y tenía la suficiente poca experiencia en cuanto al sexo como para pensar que ya que me había acostado con él tenía que salir con él en serio. Ya sabes, por el tema de ser una guarra, tal y aquello. Era muy joven y sabía muy poco de la vida aún.


P.: Y cuando él sintió que te tenía todo fue a peor, ¿no?


A.: Sí.


P.: Te has preguntado muchas veces por qué tú, ¿verdad? Dime, por qué tú.


A.: Por mi forma de ser. Él es listo, se cree muy inteligente, funciona por retos. De modo que no era lo mismo coger a una pobre pavita pánfila que es facilmente moldeable y manejable que convertir en un trapo a una tía que está encantada de vivir y de ser como es, que cree que puede comerse el mundo y que nada puede con ella.
Eso fue lo genial de todo: poder conmigo lo hacía crecerse. Nada ha podido contigo, no, pero yo voy a poder.


P.: Al menos eres consciente de ello.


A.: Sí, pero me costó muchos años entenderlo. Creía que era más inteligente y menos mala persona.


P.: ¿Más inteligente?


A.: Sí, verás: lo inteligente es, si ves que una chica así se enamora de ti y te llega a querer con locura, controlar tus instintos más bajos y cuidarla. Darle razones para seguir contigo. No sabotearte a ti mismo y hundirla en la mierda para que te deje.
Cuando tienes algo bueno en tu vida, alguien que te ama, lo inteligente es cuidarlo y mantenerlo, no destruirlo.


P.: Sí, en eso tienes razón. Silencio. De modo que ahora sabes por qué fuiste tú. Porque eras fuerte. Porque creías que lo tenías todo y de hecho, estás en lo cierto, lo tenías. Una vida social, buenas amigas, una familia estable, una carrera... Sí, era quitarte todo eso lo que le hacía bien a él. Convertir a una tía que lo tiene todo y lo sabe en su esclava. Está bien que lo sepas.
Te diré también que las relaciones basadas en las discusiones que acaban en la cama son muy adictivas, no es culpa tuya. Te enamoraste y él utilizó una combinación perfecta: peleas y sexo. Así fue como te enganchó, utilizaba ambas cosas para hacerte sentir mal y mantenerte atada a él.


A.: Sí, eso también lo sé.


P.: ¿Has dejado de sentirte culpable por ello?


A.: No. Debí de haber sido más inteligente. Debí de haberme dado cuenta de lo que estaba haciendo conmigo. Debí de ser más fuerte.


P.: Pero sabes que no era tan fácil, que te tenía cogida y bien cogida con el machaqueo psicológico.


A.: Sí. Eres lo puto peor, estás loca. Esas eran sus dos frases preferidas. Luego también el tema de que era una puta por no ser virgen cuando llegué a él (como si me hubiese acostado con un ejército entero). Tantas y tantas cosas..


P.: Anularte como persona, dejarte sin autoestima ninguna, es parte del proceso, imagino que ya lo sabes.


A.: Sí. Pero no por saberlo duele menos.


P.: ¿Duele por él o por ti?


A.: Al principio por él. Ahora por mí. Por haberme dejado hacer aquello. Por no haber tenido ovarios suficientes, en cuatro años, para salir de aquello. Yo, que creía que me iba a comer el mundo. Yo, que no lloraba más de diez minutos por ningún chico. Yo, que tenía al tío que quería cuando lo quería y controlaba siempre las situaciones. Yo, que al fin y al cabo era una cría. 


P.: Exacto, eras muy joven y él muy poderoso. ¿Qué es lo que no te perdonas?


A.: No poder volver a ser la persona que fui antes de todo aquello. La inocencia sé que nadie me la va a devolver, con eso no cuento. Es el resto. Las ganas de vivir, el pensar que puedo con todo, el tener la mente más fría, ser más cabal, ser más luchadora, pensar que no hay más límites que los que yo sola me marque. El ser libre.


P.: ¿No te sientes libre?


A.: No. Me siento presa de la persona que soy ahora. Alguien a quien no reconozco. Esta no soy yo. No puedo ser yo. Esto es sólo lo que él ha dejado de mí. Y me niego a aceptarlo, me niego a aceptar ser el residuo de lo que él hizo conmigo, quiero volver a ser yo, quiero volver a estar orgullosa de mí misma y volver a reconocerme. Quiero volver a tener la fuerza que tenía antes.


P.: Y eso es lo que no te perdonas, ¿verdad? No volver a ser como fuiste.


A.: Eso es. No quiero ser unicamente lo que él dejó de mí.


P.: Para volver a ser la persona en la que te reconoces primero tienes que perdonarte.


Y aquí es donde termina este post y comienza otro que, paradojicamente, escribí meses atrás.

Éste es el comienzo de la historia. Pero ahora la historia terminó y por mí y por ellos debo de aferrarme a lo que ellos me dan, a la ayuda que me brindan día a día y armarme de la fuerza y el valor suficientes para volver a ser yo.
Si es que se puede volver a ser la persona que se fue un día, antes de que la persona amada lo asesinase a uno lenta y dolorosamente.

Si tienes curiosidad por leer una pequeñísima parte de las lindezas que este ser humano (no es un hombre ni mucho menos) me hizo, aquí te las dejo.
Es sólo una mínima parte de todo aquello. Pero quizás te sirva para hacerte una difusa y débil idea de por qué ahora es tan difícil para quien escribe volver a ser quien fue: No fue una historia como otra cualquiera. Ni mucho menos de amor.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Agradecida y emocionada, F. A. Q.

Creo que cuando mi profesora de R. S. me dijo que me abriese un blog no estaba pensando precisamente en que fuese un blog de este tipo.

Cuando lo abrí, tampoco yo sabía que clase de blog sería éste, no sabía qué haría con él. A día de hoy sigo sin saberlo y no me molesta en absoluto que no tenga una temática definida, al fin y al cabo yo tampoco la tengo y este blog debería de ser un reflejo de mí misma.

Mucha gente me pregunta si lo que escribo es real.
Primero quisiera que alguien me definiese el significado de real.
Después... bueno, sí. Es real. Hasta cierto punto. Y creo que esa es la gracia del asunto, que nadie salvo yo sabe dónde está el límite entre lo real y lo imaginario.

También me preguntan si escribo para alguien. No, no escribo para nadie. Escribo sobre gente, pero no espero que lean ni una sola de las cosas que de ellos escribo.
En realidad me escribo a mí misma. A mi yo del futuro, a la persona que seré dentro de diez años, que de pronto recordará que un día tuvo un blog y entrará a ver qué estupideces escribía con veinticinco años.
Por eso lo que escribo no puede entenderlo una sola persona. Algunos comprenderán una cosa, otros otra. Pero sólo yo entenderé todos los guiños a mí misma que hay que en cada post, a lo que me refería con cada cosa que aparentemente no tiene sentido.

Esa es otra de las gracietas de todo esto. Que nadie, por bien que me conozca, entenderá nunca todo lo que aquí escribo. Cada uno cogerá y hará suyo un pedacito según le vaya la vaina pero yo y sólo yo sé a lo que me estaba refiriendo, yo y sólo yo sé dónde está la frontera entre realidad y ficción.
Al fin y al cabo éste es mi mundo, nadie debe de poder conocerlo como yo.

Otra pregunta recurrente es si todo lo que escribo me pasa a mí.
No, no siempre escribo sobre algo que me esté sucediendo en el preciso momento en que lo tecleo, a veces hago mía (y por ende escribo en primera persona) alguna historia que me hayan contado, algo que le esté ocurriendo a alguna amiga, por ejemplo.
Otras escribo sobre algún recuerdo, alguna reflexión que me haya venido a la mente, cualquier bobada.
No tiene que ser algo que me esté sucediendo a mí en el exacto momento en que lo publico.
Esto no es un diario, es un blog. No son lo mismo.

¿Quién te lee? 
Pues no tengo la más remota idea. El blog tiene muchas más visitas que yo conocidos.
De hecho no me gusta que nadie que me conozca en persona lea este blog. Me parece mucho más fácil leer a alguien cuando no lo conoces de nada, cuando no le pones cara y no lees con una idea preconcebida en la mente.
Por otro lado aquí hay pedacitos de mí misma que me daría muchísima vergüenza que nadie que luego pueda mirarme a la carea lea.
No me importa linkearle a alguien un post en un momento determinado pero suelo hacerlo con gente que sé a ciencia cierta que no irá hacia atrás a leer posts anteriores y luego estará pendiente cuando suba algo nuevo. En resumidas cuentas, si a alguien del mundo real le paso el enlace a esta bitácora lo hago porque sé que no se leerá todos los posts, que no examinará minuciosamente cada cosa que he subido en el pasado y que suba en el futuro.
¿Que cómo sé que la persona a quien le enlazo el blog no lo hará? Eso se nota. Sé perfectamente quien leería cada cosa que publicase y quien no emplearía diez minutos de su tiempo en leer ni el primer post. Simplemente se nota.
No es una cuestión de cuánto le importes a esa persona, se trata más bien de cuánto le guste a esa persona leer, cuántas comeduras de cabeza tenga, cuánto le guste ahondarse en los pensamientos de los demás. Y eso se nota rapidamente.
También sé que hay gente de ahí fuera que no me lee porque se raya. No saben si lo que escribes va por ellos (el tipo Narciso que piensa que el mundo gira entorno a su ombligo), tienen miedo de leer algo que no les guste, de descubrir alguna cosa que les pueda herir en su orgullo, algo que les haga pensar... en suma, algo que no les deje indiferentes.
No puedo culparles, si cierta gente que conozco tuviera un blog yo tampoco lo leería con la mayor tranquilidad del mundo.
En realidad, se lo agradezco. Suele ser gente que ya no está en mi vida y por tanto prefiero que se mantenga completamente al margen de ella, incluído este espacio. Fuera de mi vida, para mí, significa fuera del todo, del conjunto de ella, sin excepción.

Finalmente, te diré algo. Si estás aquí y lo que escribo te suena de algo, si te da la impresión de que estoy escribiendo sobre ti, significa que no lo estoy haciendo del todo mal. Si la gente duda y no sabe de qué estás escribiendo, si piensan que puede ser sobre ellos.. significa que quien escribe tiene el don de transmitir. Que es capaz de crear escenarios comunes, de crear una historia común a cualquier persona. Entonces es cuando mi historia deja de ser mía y pasa a ser nuestra. Entonces tú y yo, aunque no nos conozcamos de nada, aunque jamás nos hayamos visto las pupilas, aunque estemos a kilómetros de distancia y nunca vayamos a conocernos.. hemos conectado a través de unas palabras. Y eso a mí me parece sencillamente maravilloso.

"You are much better than you think.
You have a gift, you have been blessed with something not many have. Try to develop it, keep writing! I can definitely see you publishing a book some day. Whatever you do, never stop writing!"

I can still remember those words, written with a red Bic, on top of one of my essays.
I never really told you how much they meant to me. How warm inside they made me feel, like all the nonsense I used to scribble everywhere and anywhere someone could finally understand. Like I was not alone.
I promised you I would never quit writing. I kept my promise. 

Someday, somehow, I need to thank you for those words, I need to tell you that they have, more than ten years later, kept me going. That I can still remember your handwriting, your classes, what you told me. That because of these words, today, I am not ashamed to share that writing is my therapy.
Thank you, Sir. I will never, ever, whatever happens, stop writing. THANK YOU, P.T.

Gracias a ti también, M. D. L. C., por animarme a abrir un blog, por creer en lo que escribía y pensar que merecía la pena que lo compartiese. Seguramente si leyeses esto pensarías que no era a lo que te referías pero de algún modo, la esencia de los escritos que leíste, está aquí, aunque sea con otras palabras y a través de otras historias.
Gracias por creer en mí.


Y gracias a todos aquellos que os pasáis por aquí y os tomáis la molestia de leer las bobadas que entre ronroneos y humo de tabaco voy tejiendo sin patrón ni forma ningunos.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Y ahora, ¿ahora ha merecido la pena? No. Nunca mereció la pena.

En realidad no me importa, ¿sabes?, no me importa nada. Ni la persona que fui, ni las cosas que perdí, las lecciones que debí de haber aprendido... nada.
Siento que he perdido muchos años de mi vida y que me he hecho mayor de pronto, de un día para otro, sin darme cuenta. Nada más.

El resto me importa bien poco.

Esto, y te lo digo a ti que lo estás leyendo porque sé lo que ocurre, es lo que tiene querer mucho (sea como sea, como pareja, como amigo, como sea) a alguien y que te decepcione una y otra vez sin cesar.
Sucede que dejas pasar el tiempo, que crees que siempre habrá ocasión de arreglarlo... y lo dejas pasar, lo dejas pasar... hasta que ha pasado tanto tiempo que ya nada importa.

Dicen que el tiempo todo lo cura. Hace ocho años a estas horas yo no me creía ni una sola de las palabras que componen esa oración. Hace ocho años, exactamente ocho años, para mí no había nada que pudiese curar lo que sentía.
La gente se afanaba en repetirme que era joven y que el tiempo todo lo cura y yo ora me desesperaba y chillaba y lloraba y repetía que para mí no había solución posible, ora me quedaba en silencio con la única compañía del peso que me oprimía el pecho y me cortaba el aire.

Pero más sabe el Diablo por viejo que por Diablo y resultó que aquella gente, al final, tuvo razón.
Al final te cansas, es lo normal. Yo nunca había sido normal de modo que asumí que tampoco lo sería para aquello, que no me cansaría nunca, que siempre tendría fuerzas para intentarlo una vez porque siempre merecería la pena intentarlo una vez más hasta que pueda escribirte un final feliz.

Cuando lo cierto es que hay gente a quien, por mucho que una se empeñe, no se le puede escribir un final feliz jamás en la vida por mucha inventiva y mucha maña que se tenga. El personaje en cuestión se empeña en estrellarse una y otra vez, en arruinar la historia en cada capítulo, en cada página.
Hace mucho tiempo ya que asumí que yo soy una de esas personas. Pero no nos desviemos, el tema no soy yo, eres tú.

El caso es que, como él me había repetido tantas veces antes de que todo comenzará, todo tiene su momento y ese momento se pasa.
Es como dice Caye en Princesas, o estás muy atento o como vayas hablando por el móvil o discutiendo con alguien, se te pasa y te jodiste.

El caso es que aunque he buscado el camino de vuelta (yo siempre busco el camino de vuelta) llega un punto en el cual me he alejado demasiado y ya no puedo encontrarlo, ya no sé qué desvíos tomé, que bifurcaciones cogí... y no puedo volver al principio.

No importa lo que hayas vivido, lo que hayas compartido con alguien. No importa cuan fuertes fueran los sentimientos, al final el momento se pasa, te cansas y se ha hecho tarde.

Llega un día en el cual la herida ha cicatrizado y no te sientes con fuerzas ni con ganas de tentar a la suerte porque el precio a pagar si sale mal (y hay gente con quien siempre sale mal) es demasiado alto y hasta yo tengo un límite en esto de la paciencia y el masoquismo. De modo que sigo adelante sin mirar atrás.

¿Que si te echo de menos? No, ya no. En ocasiones alguna cosa hay que me recuerda a ti pero es un pensamiento que me cruza la mente a la velocidad del rayo pero sin su potencia, es rápido pero efímero, carente de cualquier fuerza. Se desvanece casi inmediatamente.
¿Que si me da pena? No, ya no. Lo bonito, bonito fue. Y sí, hubo muchas cosas bonitas pero con la frialdad que otorga el paso del tiempo me pregunto si todo aquello fue real, si tú lo seguirás recordando o si en algún momento fue tan especial para ti como para mí.
Los recuerdos se enfrían, ¿sabes?, se difuminan, pierden nitidez... y llega el punto en el cual sólo queda de ellos una sombra.

Probablemente algo debía aprender de todo lo que ocurrió y creo (y sólo creo) que lo he aprendido. Quizás no ha calado la lección tan hondo en mí como hubiera debido pero eh, hago lo que puedo. Mantengo cierto grado de autocontrol y de frialdad, me aferro con uñas y dientes a mi presente y mi futuro, a mis valores seguros. Y los sueños los dejo para la cama. El romanticismo, ni eso.
Pero vamos, que fuera como fuere, pasó, lo viví, punto final. No volvería atrás ni por todo el oro del mundo.
De todos modos, ¿sabes?, nunca me enamoré de ti, estaba enamorada de otra cosa. Al perder lo uno perdí lo otro, coexistíais, no podíais ser el uno sin el otro.  O más bien ella sí podía estar sin ti... pero tú sin ella no.
Al dejarla a ella no quise dejarte a ti también pero me temo que así fue, que tú te dejaste perder.

Pero no importa, no importa nada, de verdad. Estoy bien. Como siempre me repito a mí misma, en peores plazas hemos toreado y estas fechas me lo recuerdan.
Que por mucho que diga que no, yo soy de frío acero, soy aséptica, estoy helada, no hay calidez en mí. Por momentos creo que estoy muerta por dentro.
Así que no, no me duele ni sufro, ni padezco.

Porque aunque nunca di un duro por ello hoy, ocho años después, sé que el tiempo todo lo cura.






PD: Hoy, ocho años después, no te dejes embargar por la emoción porque no es de ti de quien estoy hablando. I'm sorry, majete.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Y me echas a mí la culpa.

Me pesa el corazón.
Me pesa el alma.
Me pesa la cabeza.
Hasta el último de mis cabellos, me pesa.

Me pesa lo que hice.
Me pesa lo que no pensé.
Me pesa lo que no controlé.
Me pesan todas y cada una de las cosas que me dices.
Me pesan todas y cada una de las cosas que te digo.

Me pesa la máscara, la máscara que no me deja ver bien, que no me deja respirar bien y se me pega a la piel como una espesa capa de lava que me abrasa.

Me pesan las lágrimas que se esconden detrás, que me asfixian de puertas para dentro, que me consumen los ojos, las ganas.

Me queman en la garganta las cosas que te digo, tanto como las cosas que no puedo decirte.
Me queman en los antebrazos los abrazos que no puedo darte, en los labios me laten los besos que no puedo robarte.
Me quema la piel por debajo de impotencia, de rabia.
Me queman los ojos cuando te veo, cuando no te veo.

Me pesas en cada parte de mi conciencia, me quemas en cada parte de mi cuerpo, me ahogas, me estrujas, me haces sudar, me haces perder la razón, me haces ser alguien que no quiero ser, me desesperas, me llenas y me vacías, me alejas y me apartas, me tienes y me dejas escurrirme entre tus dedos como arena de una playa estéril.

Me pesa el corazón.
Me pesa el alma.
Me pesa la cabeza.
Hasta el último de mis cabellos, me pesa.

Me pesas tú cuando no estás. Y es que tú nunca estás.

domingo, 28 de octubre de 2012

Every night's dream: saving your life.

Yo es que, verás, no estoy pensando en nada ahora mismo.
No puedo pensar en nada.

Yo lo que quiero es besarte hasta que te duelan los labios, hasta que te sangren.
Quiero acariciarte hasta levantarte la piel, hasta que tengas el cuerpo en carne viva.
Quiero comerte entero desde dentro, empezando por tus entrañas, por lo más profundo, por lo que más duele.
Quiero meterme muy dentro de ti y dejarte mi veneno en la sangre, en cada célula, en cada pequeña y microscópica parte de ti, quiero estar yo.
Quiero que te veas a través de mis ojos, quiero que te sientas como te siento yo, que te quieras como yo te quiero.
Quiero que creas en ti igual que yo creo.
Quiero que estés firmemente convencido, tan convencido como yo lo estoy, de que te puedes salvar.
No quiero que te dejes morir por dentro, no quiero que cedas.

Yo, lo que de verdad quiero... es comerte el corazón a bocados.

jueves, 25 de octubre de 2012

Coge un golpe de viento y elevate. Vuela libre.

Mi amiga Nikki tiene desde hace muchos años una teoría muy acertada. Sostiene que una relación sentimental (o algo que se le parezca) es como hacer volar una cometa.
Hay una persona que sostiene el hilo de la cometa y una persona que es la cometa.
Obviamente quien tiene a la cometa tiene el poder.
A la cometa se la deja volar, no se la agobia. Se la deja esperar allí arriba, sola. No hace falta ni mirarla, casi ni sujetar su hilo, se puede dejar enganchada a algún contrapeso que haga que no se escape.
Cuando quieras que la cometa vuele hacia ti sólo has de dar un tirón muy fuerte y muy seco. Y la cometa vuelve a ti.

A esto Nikki le llama hacerle la cometa a alguien.

Tú crees que alguien pasa de ti pero simplemente está dejándote estar, en cuanto quiera tenerte pegará un tirón seco y fuerte y tú volverás a su lado hasta que quiera volver a alejarte de ella, hasta que suelte nuevamente el hilo que te sujeta y te mande de nuevo al cielo, allí arriba, sin nadie.

Él me hizo la cometa por muchos años. Me dejaba estar pero yo sabía que cuando tuviese ganas de divertirse conmigo, cuando necesitase hacerme daño para sentirse bien, tiraría bruscamente de mí y me devolvería a su lado.

Nikki me decía vuela, tía. Ya que eres una cometa, vuela. Mira el cielo, súrcalo, explóralo a ver qué hay.
Era un consejo sabio, sin duda. Lo que pasa es que la cometa no es libre, la cometa pende de un hilo que manejan otras manos. La cometa es un juguete, una diversión.
Nunca era libre. Sabía que él terminaría por volver a tirar de mí y volvería invariablemente al mismo coche, con la misma música, con el mismo perfume, escuchando la misma retahíla de puñales hechos palabras.

Hasta que decidí ser libre. No era él quien me tenía sujeta, era yo sola. La cometa puede coger un golpe de aire y tirar del hilo, puede tirar al suelo a quien la sujeta y escapar y volar, volar muy lejos.
Y eso hice yo, me escapé. Aproveché un golpe de viento a Francia y me escapé.

Yo he sido cometa, sé lo mucho que duele estar en un punto indefinido entre el suelo y el cielo, sola, pendiendo de un hilo que un crío caprichoso sujeta. Sé lo que duele.
Por eso nunca, nunca, nunca desde aquél día he tenido una cometa. No quiero hacer a nadie mi esclavo. Quiero que quien esté a mi lado lo esté mientras lo deseé, no porque yo lo sujete contra su voluntad.
Y también es una cuestión de orgullo, ¿por qué no?, quiero decir, ¿tan poco tengo que ofrecer que he de valerme de trucos sucios para que alguien permanezca a mi lado, no tengo nada que valga la pena para que se queden conmigo si no es por la fuerza?

No eres mi cometa.
No quiero cometas.
No quiero juguetes, entre otras cosas porque, como bien sabes, los juguetes hay que compartirlos y yo hay cosas que no quiero compartir, las quiero sólo para mí.
No eres mi juguete.

No eres nada mío, eres libre.

No voy a -rebajarme- a obligarte a quererme.

Eres libre.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Closer.

Te voy a explicar un par de cosas, que te veo confuso.

Algo empiezas a saber de mi vida. Muy, muy poco, pero algo. Como yo de la tuya.

Pero te diré que yo esto ya lo he vivido. Yo esta película ya la he visto y no termina bien.

A mí pulsitos, cabreitos tontos, toreos y demás... no. No porque yo todo eso ya lo pasé en su día y no lo vuelvo a pasar por nadie, NADIE.
Vamos, es que me meto a monja o me pego un tiro antes de repetir, fíjate lo que te digo: ME PEGO UN TIRO.

Yo hay chorradas que ya no estoy en condiciones de aguantar, porque no tengo veinte años en primer lugar, porque no va conmigo y porque ya lo he pasado.
Si era una experiencia que me tocaba vivir y de la cual tenía algo que aprender, lo he hecho. Lo he vivido, lo he sufrido, lo he llorado... y lo he dejado atrás porque casi me vuelvo loca de remate.
Casi termina conmigo, no te lo digo de broma.
Y no estoy dispuesta a pasar por eso NUNCA JAMÁS EN MI VIDA.

Ahora me tocan serenidad, cabalidad, cariño, facilidad, comprensión, buen rollo, calma.
Ahora toca pensar con la cabeza y darle a las cosas la importancia que tienen. Toca no dejarse llevar por los impulsos y hacer balance de las cosas.
Toca poner todo de tu parte y que la otra persona lo ponga todo de la suya para que una relación, del tipo que sea (amistad, amor, etc) sea lo más agradable posible.
Toca tener relaciones (insisto, del tipo que sean) que aporten cosas positivas: risas, complicidad, paz, seguridad, alegría.

No toca enfadarse por todo.
No toca encojonarse con algo y no dar tu brazo a torcer pase lo que pase, por tus santos cojones.
No tocar hacer siempre lo que tú quieras como tú quieras, así estés jugando con dos o tres o diez personas a la vez y le hagas daño a todas, porque tú siempre tienes que salirte con la tuya y sino te enfadas.
No toca comportarse como un crío caprichoso.

Toca pensar y razonar.
Ser comprensivo.
Ceder si es importante para la otra persona.
Toca ser conciliador.
Toca crecer y madurar y tomar decisiones.
Toca comportarse como un hombre.
Toca darle a la gente que te rodea razones para seguir a tu lado. Y hacerlo todos los días, no una vez al mes.

Porque de verdad, de verdad te lo digo, que al final se lía gorda si no lo hacemos así. Y leñe, que tú ya debería de saber todo esto, no debería de ser algo que te llegue de nuevas.

Hay gente que nunca aprende. Hay gente que repite los mismos errores una y otra vez así les cueste algo maravilloso, no les importa porque cualquier precio a pagar es siempre menor que el precio de su bendito orgullo.
Sospecho desde el minuto dos que tú eres de esa clase de gente.
Y sé, desde el minuto cero, que ese tipo de gente nada tiene que hacer conmigo. Que sus desaires y sus caprichos terminan por echarme tanto, tantísimo para atrás que me alejo cuanto puedo y más y no regreso nunca.

Eso me sucede contigo. Que me echas tanto para atrás practicamente cada vez que hablamos que se me quitan las ganas de hacerlo.
Que cuando lo hacemos siempre tengo las alarmas activas pensando a ver con qué me sale hoy, a ver cuál es el motivo de cabreo estúpido del día.
Y te repito que yo eso ya lo he vivido y no pienso repetirlo por nada ni nadie en el mundo.

De modo que voy a terminar de echarme atrás porque no me siento con ganas ni fuerzas de meterme en semejante berenjenal otra vez.

Ha sido un error.


miércoles, 10 de octubre de 2012

Con la esperanza de que muy pronto se repita y estemos todos los que somos :)

Hace muchos, muchos años que no describo una noche.
En realidad es harto complicado describir una concatenación de risas, de absurdeces y en suma, de felicidad.
Pero te prometí hacerlo y aunque tengo por costumbre no cumplir mis promesas jamás, lo cierto es que lo que prometo en esa familia he intentado siempre cumplirlo.

Supongo que las cosas comenzaron cuando, nada más soltar la maleta (miento, la maleta la subió El Supremo, yo subí unas bolsas de viaje) abrí la ventana y asomé el cabestrill (ya sabes, con resorte como el del ajapush) y te llamé.
Ahí Xana se puso a hacer la loca y como no salías decidí esperar recuperando el aliento y bebiendo algo. Respirar y no broncoaspirarse absurdamente siempre fue importante.

Al fin apareciste: ¡una queri siniestra!, me dijiste. Supongo que los pelos de Niña de The Ring a contraluz causaban ese efecto, sí.

Tras largas deliberaciones sobre qué cenar y hacer las camas, bajamos a por sendos kebabs poniéndonos al día de ciertos fúnebres acontecimientos.
Entonces ocurrió lo inenarrable, no son cosas que se deban de contar por aquí.

Charla y risa, risa y charla esperando la comida.

Volvimos a casa y empezó tu habitual abrume con los utensilios de cocina: un plato, luego otro, espérate que me faltan vasos, no sé si beber cerveza o vino...

Allí comenzamos con más pena que gloria a intentar comer el rollito, tarea sumamente complicada cuando no puedes cesar de reír incontroladamente y una perra loca sube y baja, eufórica, intentando cazar algo de lo que hay sobre la mesa.

Yo insistía en que estaba haciendo prácticas al meterme aquello en la boca, parecía que estuviese entrenándome para hacer un bukkake o algo parecido, los carrillos hinchados cual ardilla que se ha escondido cantidades ingentes de pipas en los mofletes para resistir al duro invierno. Salsa chorreando por las comisuras de la boca, un trozo de pepino colgando, las manos pringosas de un líquido blanco... y el móvil sonando, primero un novio, luego el otro, que parecen tener el don de la oportunidad.

En esas estábamos cuando El Moco llamó a la puerta y nos pilló concluyendo la debacle del exótico rollito.

Aquí empezó una sarta de lamentos sobre lo injusto que era que Xana que se comiese los restos: ella no sabe apreciar esa salsa, esa mezcla de texturas. Eso es, amigo mío, lo que tiene llegar siempre tarde, que te pierdes todo lo bueno... y llegas a lo malo.

Tras varias idas y venidas a la cocina (déjame a mí que lleve los platos, ¡ay querida, me abrumo, tú déjame a mí!) te presentas con una botella de un color verduzco, similar al de los productos de limpieza del hogar al aroma de pino.

El detalle es que el líquido de la muerte estaba congelado tras horas y horas olvidado en el congelador.
Las mentes se ponen en marcha intentando llegar a una solución hasta que finalmente la del baño maría resulta ser la elegida.
El Moco, con sumo cuidado, comienza a bañar a la botella con agua con cuidado, casi diría que con ternura, como se baña a un bebé recién nacido, con extrema delicadeza.
Por supuesto la maniobra resulta infructuosa por lo que pone la botella a cocer en una olla con agua.
Te retiras, nosotros vigilamos a la botella.

- ¿Qué es lo peor que puede pasar?, pregunto.

- Que explote, responde él como si nada.

En este punto El Moco pone la tapa de la olla delante de la botella ante mi atónita mirada.

- A ver, si estalla, mejor que nos dé la tapa en la cara a que nos salten cristales.

- Bueno, cierto es, si estalla y nos viene la tapa encima, pon la cara. A ti que te haga la rinoplastia y a mí la ortodoncia.

Tras unos minutos al fuego, parece que el brebaje ha alcanzado cierto estado líquido que lo convierte en bebible y nos damos por satisfechos.

Aquí empezamos a preparar El Zen y es que El Moco es muy de zen, él para estar cómodo necesita una superficie blandita sobre la que apalancarse y una vela, de ahí en adelante ya todo marcha sobre ruedas: se apagan las luces y se prende una vela blanca, el zen está con nosotros (y con nuestro espíritu).

Un alto en el camino para reparar en las flores secas que reposan sobre la mesita auxiliar blanca. Recuerdos. Tristeza, supongo. Te ordeno que te animes, no sé queri, no puedo, ¡hazme reír tú!Difícil hacer reír a alguien cuando no dispongo más que de unas flores secas y una pinza del pelo. Bueno, me disfrazaré de Martirio, por qué no. Flor en lo alto, gafas tipo Matrix y obviamente, una foto. S., ¡esto no lo subas al Facebook, eh, esto es pal' álbum familiar!. No te prometo nada por toda respuesta. Se mascaba la tragedia que al día siguiente se materializó en forma de infame foto en mi muro.

Finalmente nos dispusimos a brindar por la memoria de L., por él, esté donde esté.
Acercamos los vasitos a nuestros labios y un olor a mezcla de Clorhexidina y algún otro fármaco que no acierto a ubicar nos echa para atrás.

¡¡¡Puagh!!!, suelta El Moco, rompiendo el silencio y la solemnidad del momento. Obviamente, ataque de risa. Ese puagh fue la cosa más graciosa que he oído en meses. Fue de una espontaneidad y una seriedad que hacen que casi me asfixie de risa.
Así es El Moco, supongo. De pronto, sin mediar palabra, se levanta del sillón y sale al balcón, a que me dé el aire. Está callado y quieto y sin venir a cuento rompe el silencio con una sonora onomatopeya salida de lo más profundo de su alma.
Todavía recuerdo aquella primera tarde en el coche, camino de casa de A., cuando nos contabas que S. le había dicho a M. que eras una maravilla de mujer. El Moco, hasta entonces silencioso, se gira y tras mirarte de arriba a abajo espeta impasible: maravilla de mujer, ¿por qué no llevas el cinturón puesto?
Esas son las cosas suyas que nos encantan, supongo, esos puntazos.

- ¡Pobrecico! Tanto esfuerzo para bebérselo, se creía que iba a ser algo buenísimo ¡y se encuentra con esto...!, dijiste, no sin razón, por otro lado.


Intentamos en repetidas ocasiones dar un sorbo al brebaje así como acertar a dar a qué medicamento olía pero en cambio, El Moco sólo pudo mirar dónde se había fabricado el limpia suelos y sacar un nombre: Trinidad.

- Ya sabes S., mañana llamas a Trinidad y le preguntas si esto está malo o es que lo ha hecho así de repugnante a propósito.

Nadie era capaz de enfrentarse al líquido verduzco. Nadie salvo ella, que a nada le teme y a todo le ladra: Xana.

Inesperadamente trepa sobre el sofá y pasa de mis piernas a las de El Moco y comienza a lamer el contenido de su chupito.

Nuevamente ataque de risa, ¡nadie sino una perra loca podría beber semejante cosa!

No recuerdo qué ocurrió después, creo que nos fuimos.

Me decepciona narrar esto así pero las descripciones nunca fueron mi fuerte (creo que por culpa de Balzac) y dificilmente creo que se puede describir un sentimiento a través de unas pocas líneas. ¿Cómo describir la tranquilidad, la confianza, la felicidad, cómo describir.. a la familia? No creo que se pueda, al menos yo no.

Pero lo he intentado, con la esperanza de que al leer esto tus labios esbocen una sonrisilla y de que estos recuerdos te reconforten cuando te sientas sola, que el saber que momentos así volverán muy pronto a repetirse te mantenga en la brecha.

Ahora, una cosa sí te digo: los pastelazos, las peleas a Dan Up-azo limpio, los lavados de cabeza a media noche etc, los dejo para otro día...

... porque os tengo que confesar que no es narrarlos lo que me gusta. Lo que más me gusta de todo... es vivirlos.

Tiíca, primico.. GRACIAS. Os quiero.









martes, 9 de octubre de 2012

'El contenido del silencio', ¿sabes?

No digas nada. No me preguntes nada. Déjalo.
Nada de lo que digas ahora tendrá significado mañana.
Cuando me vaya, cuando ya no esté a treinta segundos de perderme en tus labios, haremos como si nada hubiese pasado nunca.
Valemos en tanto y en cuanto estamos a un simple roce de manos el uno del otro. Si nos separan más de diez centímetros de distancia, no somos nada, no existimos el uno para el otro.

Y esto yo ya lo sabía, ¿eh? Por eso no dije nada. Por eso no hice nada. Yo ya no estaba allí. No sentía nada.
Eso es lo que pasa cuando decepcionas a alguien a quien le importas: que esa persona se aleja y puede estar sentada entre tus piernas, recostada contra tu pecho mientras la rodeas con tus brazos.. pero en realidad su corazón está muy lejos del tuyo.

Lo sabía y sabía que volvería a pasar. Al contrario que tú, yo ya empiezo a conocerte un poco a ti.

No puedes decir nada que me haga volver. Porque me prometo firmemente aquí y ahora no volver a escuchar ni una sola palabra que salga de tu boca puesto que sé con qué fin la dices y no es precisamente muy noble.

Sólo podrías hacer algo. Allí donde las palabras no llegan han de intervenir los actos.

... Y yo sé que ni tú ni nadie movería jamás un dedo por mí. Siempre lo he tenido muy claro, yo no merezco tanto la pena.

lunes, 8 de octubre de 2012

Te lo tengo que decir.

Conocemos a gente al borde de un precipicio. Y lo que hagamos o digamos influirá en que esa persona esté mejor o peor. Controlamos eso.Tienes que prometerme algo. Si quieres a alguien, se lo dirás. Aunque tengas miedo de que no sea lo correcto, aunque tengas miedo de que decírselo arruine tu vida, se lo dirás. Y se lo dirás alto y claro. Y pase lo que pase entonces, empezarás desde ahí.

Vale, te lo diré. Aunque no sea lo correcto. Aunque tengo miedo de que decírtelo arruine mi vida. Te lo diré alto y claro y lo dejaré aquí escrito para que puedas leerlo cuando quieras.

Y pase lo que pase al decírtelo, empezaré desde ahí.

Te quiero.

martes, 2 de octubre de 2012

Todos los hombres morenos hacen daño.

Yo ya sé lo que pasa cuando dos personas a las que no es fácil querer se juntan. Y no es agradable.

Por eso tienes que perdonarme si me rindo, tienes que perdonarme si me doy por vencida y lo dejo todo estar, si vuelvo a mi burbuja y sigo con mi vida.
Yo no te lo tendré en cuenta a ti de modo que, por favor, tú a mí tampoco. Esto es lo que nos ha tocado y estoy cansada de luchar contra ello. Y de hacerlo sola.

No quiero revivir historias pasadas, quiero seguir con la que tengo. Con esa persona a la cual es fácil querer y que, a pesar de que yo no lo soy en absoluto, me quiere y está conmigo. Esa es la clave: está conmigo. Siento que está conmigo. Siento que lo tengo, que no estoy sola, que él está detrás de mí respaldándome por si lo necesito.

Cuando dos personas a las que no es fácil querer se juntan, se hacen daño, como dos erizos que intentan acercarse el uno al otro pero se clavan mutuamente las púas sin querer. Quieren estar cerca pero al acercarse se hacen daño.
Yo no quiero que me hagan daño, todo el daño que tenía que pasar a lo largo de mi vida ya lo he pasado, he pagado mi deuda, ahora no quiero intentar juntarme con alguien de mi misma especie. Necesito a alguien que no tenga púas y a quien las mías no le lastimen a mi lado.

Podría haberte querido muchísimo, podría haber sido la respuesta, podría, podría... podría haber sido mil cosas. Pero no ha sido.
Así que me repliego sobre mí misma y me alejo, vuelvo a mi guarida, vuelvo a casa, tengo la experiencia y la madurez suficientes como para no perder la cordura y hacer una estupidez, lo siento, de verdad, perdóname.

Pero yo ya sé lo que pasa cuando dos personas a las que no es fácil querer se juntan: que se destruyen. Y yo no quiero hacerte eso... ni que tú me lo hagas a mí.



lunes, 1 de octubre de 2012

Starting countdown.

Quisiera escribirte algo, algo bonito.

Verás, hace muchos, muchos años, ya casi diez, un hombre moreno cogió su guitarra y me cantó la canción que le había compuesto a su ex novia. Magnífico.
Yo siempre le reproché que a mí nunca me compuso ninguna canción. Supongo que, como él siempre se empeñaba en recordarme, yo no era digna de nada, mucho menos de algo tan especial como una canción.

Algunos años después le conté esto a mi amiga Nikki, que a mí nunca nadie me había escrito una canción ni un cuento. Entonces a los pocos días Nikki me mandó un documento, tu cuento, para que ya no puedas decir que nadie nunca te ha escrito nada.
Creo que Nikki nunca ha sabido cuánto significó aquello para mí. Algún día te lo agradeceré con un buffé libre y una jarra de Agua De Teya, Nikki.

El caso es que en aquella época mi vida era de todo menos bonita. El cuento que Nikki me había escrito, mi cuento, era esperanzador. Pero triste al mismo tiempo. Como mi vida, supongo.

Por otro lado el cuento de Nikki, salió -sospecho- más bien de la ternura y del compromiso de una amiga, eterna escritora, que de una inspiración real, del deseo de decirle algo a alguien que te importa mucho y que te ha marcado de por vida, de la necesidad de darle un pedazo de ti sobre sí mismo.

Así que no, nadie me ha dado nunca un pedacito suyo hecho cuento o canción.

Yo he escrito sobre mucha gente. Mano con la música no tengo, mal que me pese, pero he escrito sobre mucha gente que ha sido importante para mí. Les he dado un trocito mío hecho cuento, relato, carta, post, llámalo como quieras.
Sobre ti también he escrito, no te creas, está justo aquí, salpicas algunos de los posts que están más abajo.
Pero no he escrito para ti. Me pregunto si a ti te bastaría con que escribiese sobre ti y no para ti. Me pregunto si, al igual que a mí, te gustaría que te escribiese algo bonito.

Aunque he de confesarte que ahora mismo no puedo escribirte nada. Voy a tirar piedras sobre mi propio tejado, como decía mi profesor de T. D. L., pero hay sentimientos, hay momentos, hay lugares a donde las palabras no llegan. Y ahí es donde intervienen las miradas. Las caricias. Los abrazos. Y el silencio. Porque hay ocasiones en las cuales no hace falta hablar, ya sabes, enjoy the silence, y eso es lo hermoso: no necesitar decir nada.

Pero yo ahora mismo no puedo mirarte, ni acariciarte, ni abrazarte. Y además yo vivo de esto, de escribir, si no pudiese escribir habría reventado hace ya muchos años porque hay cosas que no puedo decir, que no puedo sacarme de dentro si no es escribiendo.

Me pregunto si alguna vez alguien te habrá escrito a ti un cuento o una canción.

Me pregunto si alguna vez tú podrías escribirme a mí un cuento o una canción.

Y lo que es peor: me pregunto si alguien, alguna vez, me escribirá un cuento o una canción antes de que me muera.

En el momento en el que estoy un dibujo me valdría también.


Sólo quiero un pedacito de alguien que no vaya a esfumarse con el tiempo, algo que vaya a perdurar. Letras, acordes, trazos, lo que sea.
Y lo quiero de ti.

Ese es, amigo mío, el problema.







sábado, 15 de septiembre de 2012

I'm wishing on a star to find out where you are.

... Y que en algún momento, en algún lugar, nos volvamos a encontrar.

Volver a ver tu mirada, esa mirada, esa sonrisa, no perder la esperanza, no perder la ilusión.

Y dejar nuestras huellas en la arena, respirar la sal del mar de tu piel.

Volver allí, al bronce y al negro, al silencio y a la risa, al miedo y al deseo. Al deseo que es peligroso, como un precipicio. Pero que te atrae, como el vacío.

Y que todo empiece otra vez como si nada hubiera nunca sucedido, como si esto sólo hubiera sido el bug de un sueño perfecto una noche de invierno. Reescribirlo todo, hacer yo el guión sin lugar para la decepción. Que sea mi nombre el que susurras, que sean mis ojos los que te miran desde detrás de tu propia retina, mi pelo, mis labios, mi cuerpo con los que te encuentras cuando te duermes. Que sea yo y sólo yo quien te duela, yo y sólo yo quien pueda darte alivio.

... Y que en algún momento, en algún lugar, nos volvamos a encontrar.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Sí es hacer el amor.

Desear.
Mirar.
Dudar.

El corazón latiendo a mil por hora.
Las manos sudorosas.

Miedo.
Nervios.

Un beso, tímido. Sólo un roce, labio con labio.
Un roce un poco más largo, sentir la presión de tus labios contra los míos.

Calor. Humedad. Rozar mi lengua con la tuya.

Mirarte a los ojos. Leerte los ojos.

Tus manos en mi cintura, llevándome contra ti, contra tu pecho. Y sentir el latido fuerte y rápido de tu corazón.

No saber de quién es la saliva que se desliza por mi boca, tuya, mía, de los dos...

Morderte.
La mandíbula, el lóbulo de la oreja, los labios, el cuello.

Y después lamerte. Cada parte de tu rostro, cada curva de tu oreja. Tus dedos entrelazados con los míos. Los aprieto muy fuerte, casi tanto que me hago daño.

Sigo tu respiración.

Te quema la piel, estás ardiendo.

Pequeñas perlitas de sudor coronan tu frente. Las lamo también. Quiero comérmelo todo de ti, todo lo que tienes, todo lo que has tenido, todo lo que eres y todo lo que has sido lo quiero para mí aquí y ahora.

No sé dónde he mandado a parar tu camiseta, sólo sigo el rastro de lo que hasta hace poco cubría.
La clavícula, sobresaliente. Los hombros, huesudos, pálidos. La Triada. La beso. La observo. Intento grabar ese mapa en mi mente, su localización exacta, su color, su tamaño. La vuelvo a besar. Esa es La Triada en la que yo estaba destinada a perderme, empiezo a entenderlo todo.

Tus brazos, largos, fibrosos, suaves. Las manos ásperas, firmes. Me dan confianza tus manos, siento que si quisieras podrías agarrarme muy fuerte con ellas. Que si quisieras podrías no dejarme caer nunca más, que podrías sujetarme entre ellas para siempre.
Desando el camino hacia arriba y vuelvo a tu cuello, me encanta tu cuello.

Reemprendo la bajada.

Tu pecho, casi infantil. Tu caja torácica, muy marcada. Me esfuerzo por lamerte tanto que mi lengua pueda llegar hasta tus costillas, hasta tu corazón.
Porque lo que de verdad quiero es comerte el corazón a bocados.

Te araño el pecho mientras me deslizo hacia abajo. Hacia la línea que separa la piel del tejido rugoso que recubre tu cadera, tus muslos. Me mantengo en esa línea unos segundos, todos los que soy capaz de aguantar porque sé que si paso esa línea ya no habrá vuelta atrás.
Para qué nos vamos a engañar, hace tiempo ya que para mí no hay vuelta atrás.

Un botón. Otro.

Me giras y te pones sobre mí, entrelazas tus manos con las mías y las llevas por encima de mi cabeza. Me besas. Me miras a los ojos. ¿Hasta dónde quieres llegar? Hasta donde tú me lleves.

Me quitas la ropa, lanzas también tu pantalón fuera de la cama.

No sé qué estoy haciendo pero sí sé lo que quiero hacer: recorrer cada palmo de tu cuerpo, cada milímetro de tu piel. Quiero que no quede un sólo poro que no haya lamido, que no haya acariciado. Quiero que cuando salgas de esa cama y camines en dirección contraria, dándole la espalda y dejándola atrás, dejando atrás esa noche, ese momento, ese sentimiento, cuando nos des las espalda a los tres, quiero que cada parte de tu cuerpo grite mi nombre. Que huela a mí, que sepa a mi saliva y a mi sudor, que la carne te queme y te lata bajo las heridas que yo te he hecho con mis uñas.
Quiero borrar todo lo que hubo antes que yo. Quiero que sientas que estoy contigo, que te llevas algo de mí. Que estoy intentando con todas mis fuerzas quererte aunque sólo sea un momento. Que sientas que si me dejases podría quererte cada noche -y cada día también, no te lo voy a negar- de lo que me quede de vida.

Cualquier persona normal habría pensado en desplegar mil y una artes entre tus miembros, yo en cambio no puedo pensar en darte placer, quisiera hacerlo pero siento que no puedo, que sólo puedo intentar recorrerte, comerte entero, llenarme de ti, que seas mío aunque sólo sea por un momento. Mío, todo mío, sólo mío.
Yo sólo quiero chillar, quisiera pegarte y obligarte quisiera hacerte daño, mucho daño... y en cambio me da miedo rozarte, me da miedo decirte nada, me da miedo mirarte a los ojos. En cambio sólo puedo hacer y deshacer el mismo camino una y otra vez, el camino que separa tu cabello del último dedo de tus pies, de la última uña de tus manos.
Quiero memorizar ese camino, quiero poder ser capaz de recordarlo cada vez que quiera -y desgraciadamente cada vez que no quiera también-, quiero recordar cada pliegue, cada marca, cada lunar, cada movimiento que haces cuando te toco, cada cambio en tu respiración. Quiero grabarlo todo en mi mente de manera insana, obsesiva.

Sigo la línea de tu cadera, prominente. La muerdo, la lamo. Te huelo, suave, dulce. Como tú cuando quieres. Como tú cuando me conquistas.

Me caigo por tus piernas que son infinitas. Podría tardar horas en hacerme con ellas, horas mordisqueándote los muslos, las rodillas, lamiéndote hacia abajo, los tobillos, finos y breves, el empeine del pie, grande, fuerte. Los dedos ásperos, fuertes.

Te retuerces. Respiras fuerte. Quisiera ahogarte, apretarte el cuello muy fuerte y que te fueses así, conmigo, que yo fuese lo último que hubieses visto, que hubieses sentido.

Te recompones, me tumbas, me besas, me acaricias. Juegas conmigo. Sea lo que fuere lo que había estado haciendo contigo se ha terminado. Tienes toda la pinta de querer divertirte un rato conmigo. Te dejo hacer, comprendo que no tiene sentido intentar luchar contra ti, que desde el principio tú has sido más fuerte que yo y no hay escenario posible en el que te pueda ganar.

Me someto. Me voy, me alejo. Vuelvo a la playa, vuelvo a ver tu cara, a ver tu sonrisa, a oir tus carcajadas.

Me manejas. Me das la vuelta, me subes, me bajas, me manipulas a tu antojo y yo no tengo fuerzas para rechistar. Sólo confío en ti y te dejo que lo hagas, te sigo hasta donde tú me lleves.

Catarsis. Mareo. Calma. Miedo.

Te vistes, reemprendes el camino de vuelta. Me dejas. Las sábanas huelen a ti, a tu pelo, a los dos litros de perfume que te habías puesto y yo me he comido.

Me duermo esperando con todas mis fuerzas que tu olor siga ahí por la mañana. Y que me lo vuelvas a traer por la noche, por si se ha evaporado. Para que mis sábanas huelan a ti cada madrugada.

Eso, cariño mío, es hacer el amor.

martes, 11 de septiembre de 2012

Mi teoría sobre el universo.

Hay momentos en los que uno se satura y no sabe por dónde tirar.

Me fui a la playa para desconectar de todo esto. Esperaba días de sol y playa, de paz, de helados y de calma. Y me conecté a otra mierda aún peor.
Y me repatea, me repatea mucho porque la playa siempre había sido mi jardincito Zen, mi sitio de reposo y desconexión. Y ahora sé que no podré volver porque tampoco estaré tranquila allí, ya lo he comprobado.

No sé a dónde ir. Estoy colapsada y quiero huir, quiero huir de todo y todos y no puedo porque mi jardín Zen se ha llenado de oscuridad y de espinas y no me queda ningún sitio al que poder acudir para refugiarme.

Sólo siento que estoy cansada de todo y de todos, que no tengo ganas de nada más que de correr, de correr muy rápido y llegar muy lejos, muy lejos de aquí. Muy lejos de vosotros, que con vuestras actitudes y también con las cosas que no hacéis me herís.
De los mono temas, de escuchar siempre lo mismo, cada uno con su rollo como si yo no tuviese ningún quebradero de cabeza.

Los tengo pero no hablo de ellos porque no puedo. ¿A quién se los cuento? ¿Quién los va a entender? ¿De qué va a servir que diga nada, que comparta lo que me reconcome? ¿Quién me pregunta a mí cómo estoy yo, qué tal me va a mí? La única, la de siempre, que para el caso también tiene lo suyo y no me siento cómoda compartiendo mis chorradas con ella.
Nadie más me pregunta cómo estoy yo, cómo me va, qué tal todo, nadie. No sé si la gente da por hecho que estoy bien o que les importa un carajo cómo esté.
Cada uno piensa que es el centro del universo y que yo gravito entorno a ellos, que sus problemas son los únicos que importan y ni caen en un simple qué tal te va a ti, siquiera por cortesía.

No tengo vida, estoy destinada a vivir la de los demás. Hasta que me canse. Hasta que encuentre algo que me apasione, en lo que sea realmente buena... y me motive lo suficiente como para ocuparme de ello y empezar a vivirlo, a vivir MI propia vida y os deje a todos a un lado.

One day I'll fly away / Leave all this to yesterday.

Sí, algún día me iré y todo esto no será más que un recuerdo. Ojalá ese día sea hoy o sea mañana. Porque necesito desesperadamente huir de todo. De vosotros.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Mi Tiíca.

A veces en la vida uno redescubre a gente. Gente que siempre había estado ahí pero de la cual por un motivo u otro te acabaste distanciando.
Y entonces ocurre algo, lo que sea, la más tonta de las cosas y recuperáis el contacto. Y te das cuenta de que esa persona va a ser especial.
Me ha pasado dos veces este verano: una de ellas salió mal, qué le vamos a hacer, no se puede ganar siempre. Pero la otra salió muy bien.
Y de eso va este post.

De las trasnochás, noches de cervezas, velas, cenas rápidas, confesiones, puesta al día, risas sin fin.
De los vídeos.
De las fotos.
De la complicidad.
Del sentimiento de que no ha pasado el tiempo, de que todo el que pasaste lejos de esa persona no ha significado nada porque ahora que la tienes delante sientes como si el día anterior hubieses estado con ella, como si llevases con ella toda la vida.
Va de conversaciones sin fin.
Del reloj sorprendiéndote con la hora.
Va de cariño.
De comprensión.
De empatía.
De no sentirte sola, de sentir que estás con un igual, alguien te comprende y te valora.
De sentirte apreciada y querida.
Va de cosas muy claras, sin tener que agotarte leyendo entre líneas.
Va de poder hablar de cosas de las cuales no podrías hablar con otra gente.
Va de por qué esos diez días no fueron perdidos y tuvieron sentido.
Va de ti, Querida, y de por qué este verano será especial y para el recuerdo, porque nos reencontramos, nos redescubrimos, nos acercamos, nos confesamos, nos reímos hasta que nos dolió el estómago, nos sentimos comprendidas y en compañía, hablamos de mil y una cosas, nos vaciamos de cosas que teníamos guardadas dentro y pesaban mucho. De cosas que analizamos, comentamos, diseccionamos y estudiamos entre risas y jugueteos con una perrita loca a la que echo enormemente de menos.
Va de darte las gracias y de prometerte que siempre, pase lo que pase, aunque me den mis bloqueos Aspie y desaparezca largas temporadas porque siento que no puedo con mi vida, siempre estaré aquí si me necesitas, hazte a la idea de que sólo tienes que asomarte a la galería y pegar un gritillo y yo asomaré la cabecita por la ventana.
Va de prometerte ir más a verte, de hacerme el firme propósito de ahorrar un poco y cuando pueda ir a pasar unos reconfortantes días allí contigo.

Porque nos han quedado muchas cosas por hacer: vídeos, fotos en la playa, ir a lugares abandonados, salir de copas, salir de tiendas, comer, merendar, cenar, maquillarte, conocer a tu Queridillo... y tantas y tantas otras cosas que no voy a enumerar porque acabaría quedándome un post infinito que nadie sería capaz de leer, ni siquiera tú.

No somos familia de sangre pero me crié con tus dibujos, tus toys, Rick Astley, el Cola- Cao con gusanos, esperando a verte llegar en aquél coche azul para ver cómo llevarías el pelo.. y sobre todo de recordarte que la regla pasará y cosas peores llegarán.
Me crié muy cerca de ti y ni los años ni la distancia han podido con eso.
Aunque no nos una la sangre nos une la comprensión, tal vez el Aspie, todos los millones de recuerdos que tengo con vosotras... y nos unen las ganas y sobre todo, sobre todo el cariño, que es lo más importante.

Gracias Tiíca, por los dibujos, por la compañía, por los recuerdos de mi infancia, por las tardes - noches de Julio, por estos diez días, por la conversación de ayer... por todo.

Te quiero, Tía.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Saber que tienes una mala mano y aún así arriesgarlo todo. Y obviamente, perder.

Comentábamos una amiga y yo que cuando uno hace un viaje se abre una extraña dimensión temporal: cuando llegas al lugar de destino parece que hace eones que te fuiste del lugar de origen y cuando vuelves a él parece que nunca te hubieras ido, que no ha existido ningún viaje, que todo lo has soñado.

Así me siento yo ahora. Me da la sensación de haber perdido diez días de mi vida, de no haberme ido nunca a ninguna parte. Parece que todo lo que ocurrió en ese viaje no fue real, que lo soñé una noche.

No soy capaz de recordar nada con claridad, los días se entremezclan unos con otros, los recuerdos son difusos, no puedo ver ninguna cara, no puedo recordar ninguna conversación con exactitud.

Sé que hubo cosas que ocurrieron pero no guardo ningún recuerdo de cómo sucedieron, flashes borrosos, en cuanto intento fijar una imagen en mi mente se desvanece, si intento reconstruir alguna conversación pierdo las palabras antes de poder hilarlas. No sé cómo llegué allí, no sé cómo llegué a aquello, no sé cómo todo se fue desmoronando poco a poco.
Supongo que es lo que ocurre con los castillos de naipes, basta un movimiento un poco brusco, un ápice de aire para que se desmoronen.

Nada fue nunca real, tal vez por eso no puedo recordarlo. Tal vez todo pasó en una dimensión paralela que nada tiene que ver con ésta. Quizá no era yo misma, quizá era mi yo en esa otra dimensión quien vivió todo aquello.

Ahora he vuelto a mi dimensión real, tangible, y todo aquello no es más que el residuo de un viaje sí, de un viaje astral, de un viaje en sueños, de un viaje no real al fin y al cabo.

Nada fue nunca real, tal vez por eso no puedo recordarlo. He perdido diez días de mi vida. 

viernes, 10 de agosto de 2012

Volveremos a vernos.

Estaba yo teniendo un momento remember de estos que a veces me dan y por medio de un par de canciones han venido a mi memoria, como por arte de magia, un millón de recuerdos especiales.

Las primeras noches de marcha, el ritual de arreglarnos, de si iba a parecer que teníamos la edad para entrar en el sitio...

De Attico lo recuerdo todo, a Tony, el barman y sus chupitos asesinos, el dj, la barra en forma cuadrada, las luces, rosas y azules, en el punto de la pared que casa con el techo, una cucaracha muerta en el wc de las chicas y salir corriendo despavoridas.. El ganao, el comienzo del Bakaleo, ellos con el pelo engominado y La U, más feos todos que pegarle a un padre con un calcetín sudao un Domingo en misa..
Recuerdo a V. y la grima que me daba, recuerdo la diana de la pared... Todo.
Qué cortas eran entonces las noches, qué poco bastaba para hacernos felices.
Y qué dramas, eso también os lo digo. Me gusta Menganito, con el cual no he cruzado dos palabras en mi vida pero lo amo locamente y a ver si esta noche viene y le veo. Y Menganito llega con la guarrilla de turno y crísis y miradas y te enteras de que la guarrilla es su prima y respiras aliviada pero entonces aparece otra y lo besa en los morros (le mete la lengua hasta la campanilla y le hace el molinillo durante veinte minutos, vamos) y hala crísis otra vez y vamos al baño, y vamos a ver a Tony y vuelta a subir y resulta que esa tía es la ex de Menganito, que ella quiere volver con él pero él con ella no y entonces claro, hay esperanza de nuevo. Un sinvivir.

Aquellas primeras noches dieron paso al Mascarón, El Macarrón para los amigos. Otro sitio del cual lo recuerdo todo. Al camarero rubio, gay y majo como él solo. Al moreno, que como éramos asiduas terminaba invitándonos siempre a alguna copa y tomándose con nosotras un chupito.
La consabida diana, que no entiendo yo por qué había una diana en cada garito en aquella época si a lo que menos íbamos era a jugar a nada, al menos no a ese tipo de diana.
Y la música, qué temazos en El Macarrón, señores. Subidón tras otro, un no parar.
Y cállate que de El Macarrón salió El Poderoso, la noche después de las Hogueras, que en aquella época éramos jóvenes y aguantábamos la semana de las Hogueras y más, aún nos daba la vida para salir cuando se acababan.

Que las Hogueras eran otra historia. Tardes con mi mejor amiga buscando en El Todo a Twenty los complementos necesarios: horquillas en cantidades masivas para sujetar el pelo, a ser posible de colores poco discretos, había reconocerse por las horquillas a varios kilómetros vista.
Encontrarse era otra que tal, quedabas en la barraca y te encontrabas a media ciudad antes de encontrar a quien buscabas.
Y allí pasaba de todo: amores, desamores, agarrones de los pelos, peleas, bailoteos.. Qué nos cundía a nosotras una Hoguera, oiga.
Y siempre invariablemente terminábamos las dos en la playa viendo amanecer. Y siempre invariablemente ella quería una empanadilla de las de Fer y se iba al puesto de churros a ver si encontraba empanadillas pero claro, allí sólo había churros. Y tras varios viajes se decidía por unos churros porque el hambre yonki es lo que tiene y a falta de empanadillas de las de Fer, buenos serán churros.
Conversaciones filosóficas tras una noche de marcha, viendo amanecer en la playa, comiendo churros. Qué bien se nos ha dado siempre encontrar un sitio Zen y ponernos a filosofar durante horas. Y cómo lo echo de menos.
Luego volver a casa, playa, siesta y otra vez en marcha. Yo cuando volvía a la ciudad creo que dormía una semana seguida para recuperar todo aquello. Así estábamos, como palillos, en aquella época no hacían falta anticelulíticos ni gimnasios...

Luego ya llegó El Crepal, que era el lugar de los gabinetes de crísis donde debatíamos el estado de la Nación.
Que El Crepal ha tenido luego mucho éxito pero os diré que lo descubrimos nosotras una tarde, llevaba poco abierto y no había ni Perry, todavía la recuerdo asomando la cabecilla por la puerta y preguntando si además de estudio fotográfico allí se podía tomar un café de normal.
Tardes que acababan en noches fumando como carreteras arreglando el mundo en El Crepal. Aquello ya era más tranquilo pero en cualquier caso luego subíamos a arreglarnos a casa y vuelta al fiesteo. Pero aquella fue la época Central, que a mí me llamaba más bien poquito. Ahí yo ya me desconecté de todo aquello porque a mí el rollo Central me daba mucho mal ídem.

Qué lejos en el tiempo ha quedado todo aquello. La vida pasa muy deprisa, no te das cuentas pero es así. Si en alguno de aquellos amaneceres alguien nos hubiera dicho que no siempre tendríamos quince años y las vueltas que la vida iba a dar (y lo rápido que las daría) no le habríamos creído.
Pensábamos que siempre seríamos jóvenes, que siempre nos quedarían esas noches, Attico, El Macarrón, las Hogueras, los amaneceres en la playa sin preocupación ninguna.
Pero poco a poco cada una fuimos haciendo nuestra vida y aquí nos tienes. Una ya casada viviendo del otro lado del mundo, otras dos con pareja estable desde hace décadas, yo perdida en medio del caos y de mi propia vida como no lo había estado en aquella época que es cuando tocaba (yo siempre soy mucho de hacer las cosas a destiempo). Pero bueno, pasado todo aquello también y con una vida de lo más tranquila, en una especie de matrimonio extraño con mi novio que casi nadie comprende pero es el que es y nos hace felices a ambos así que lo que opinen los demás está de más.

Pero pase lo que pase nadie nos puede quitar aquello, lo que vivimos, lo que fuimos, lo que compartimos. Los recuerdos.
Y es bonito al cabo de tanto tiempo recordarlo y ver que por muchas cosas que hayan ocurrido aquí seguimos, tal vez no todas pero sí las mejores.

Nadie me puede quitar a mi amiga, ni un océano. Y nadie me puede quitar los amaneceres en la playa, en esa playa. Porque siempre he tenido la sensación de que pase lo que pase todo empieza y termina siempre en esa playa.

Y en esa playa volveremos a vernos. Siempre.